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Liturgia - La Eucaristía y su celebración

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Puede verse una de las capas pluviales de la parroquia. Como empezó a usarse en las procesiones fuera del templo, ya en el siglo X, y se empleó para protegerse de la lluvia y del frío, empezó a llamarse pluvial. Se emplea en diversas ceremonias, por ejemplo, en la Exposición del Santísimo.
 
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LA EUCARISTÍA Y SU CELEBRACIÓN

 

                                                                                  Por Alfonso Martínez

 

 

          Se llama presbiterio a la parte de la Iglesia, en la que el presbítero, o sacerdote, actúa para celebrar la Santa Misa. En él hay tres espacios importantes: la sede, que simboliza a Cristo Rey, el ambón, símbolo de Cristo Profeta o Maestro, y el altar, que representa a Cristo Sacerdote.

 

LA SEDE

 

          La sede es el lugar destacado, desde donde el sacerdote preside en la celebración eucarística  y dirige la oración. Ha de tener una cierta elevación y una estructura especial. La palabra sede proviene de sedes, vocablo latino que significa asiento. En él se sienta el celebrante cuando ha de estar sentado. Las primitivas comunidades cristianas ya lo usaban. Estaba vacía por respeto a Cristo y, a veces, ponían un crucifijo en ella, recordando la presencia de Jesús. El cristiano ha de saber descubrir el simbolismo de la sede que, en palabras de un conocido liturgista, “es la sede de Cristo, cabeza y presidente. El sacerdote se sienta en ella como signo … de Cristo”.

 

          En la sede han de hacerse el saludo inicial, el acto penitencial, el gloria, la oración colecta, la oración después de la comunión, el credo, la bendición y la despedida. Desde la sede, se puede predicar la homilía y la oración de los fieles. Si hay avisos, éste es el lugar para hacerlos, no el ambón.

 

EL AMBÓN

 

          El vocablo ambón proviene del verbo griego “anabaino”, que significa subir, ascender, y designa un lugar elevado desde donde, en la liturgía eucarística, se proclama la Palabra de Dios. Tiene que estar dotado de una cierta dignidad, como requiere la dignidad de la Palabra, y al mismo tiempo es recuerdo claro de que en la misa está la Mesa de la Palabra, para proclamar las Lecturas Sagradas, y la Mesa del altar, donde se renueva el sacrificio de Cristo en la cruz y se comulga el Cuerpo y la Sangre del Señor.

 

          En el ambón han de hacerse las tres lecturas, el salmo responsorial y el pregón pascual. Puede hacerse también la homilía y la oración de los fieles. El ambón no es para más. Conviene recordarlo, para nada más.

 

          Desde el ambón, es Dios quien habla a su pueblo congregado para celebrar la eucaristía. Desde el ambón, Cristo, Profeta y Maestro, se dirige a sus discípulos para comunicarles sus palabras de vida eterna. Ver el ambón, inmediatamente tiene que traer a la mente y al corazón del creyente la imagen de Yavé, hablando a su pueblo por medio de Moisés, y a Jesús de Nazaret, predicando en su Palestina querida.

 

EL ALTAR 

 

          El altar es el lugar más importante de nuestros templos y del mismo presbiterio. Es signo de Cristo Sacerdote, altar y víctima, y se merece el máximo respeto y toda nuestra veneración. Representa dos aspectos del mismo misterio: es el altar del sacrificio, donde se renueva incruentamente el sacrificio de Cristo en el altar de la cruz, y la mesa del Señor, donde comemos su Cuerpo y bebemos su Sangre. No es extraño que se le venere con signos tan expresivos como la inclinación profunda, el beso y la incensación.

 

        El altar debe ser el centro de la atención de todo el pueblo reunido para la celebración eucarística. El centro no son las imágenes, sino el altar que, al ser la mesa del Señor, debe usarse únicamente para la Liturgia de la Eucariastía, no para los ritos iniciales ni finales, ni para la liturgia de la Palabra. Deben excluirse también las demás celebraciones.

 

          El aspecto central y principalísimo de la misa, que se celebra en el altar, consiste en su carácter de sacrificio, que perpetúa el único y perfecto sacrificio en el calvario. Pero otro gran momento es cuando se comulga. La comunión sacramental, que es participación en el altar, produce tal grado de unión personal de los fieles con Jesús, que cada uno puede decir con San Pablo: “ Vivo yo, pero no soy yo, es Cristo quien vive en mí” (Gal 2,20).

 

          A través de lo visible, se llega al conocimiento  de lo invisible. Ojalá que un mayor conocimiento de la sede, del ambón y del altar nos ayude a querer más a Cristo que, en la Eucaristía, nos preside, nos habla, sigue ofreciéndose en sacrificio por los hombres y se nos da como alimento del alma.

 



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