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Decálogos - para una buena Eucaristía

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Pude verse uno de los cálices y una de las patenas de nuestra parroquia, objetos sagrados, con los que ofrecemos el pan y el vino en la Misa, y que, con la consagración, se convierten en el Cuerpo y Sangre del Señor, que después comulgamos.
 
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Decálogo para una buena Eucaristía

Autor: Padre Javier Leoz

 

 

1. Llegar con puntualidad es un buen termómetro que indica dos cosas: que la eucaristía es importante para mí, y que Aquel que me espera, quiere que no me pierda nada, desde el principio hasta el final.

2. Si, por fuerza mayor, llegas tarde. No seas más notorio que la Palabra que se está proclamando. Tus hermanos van para quedarse con la fuerza del evangelio, no con el ruido de tus pisadas ni con tu entrada triunfal, a destiempo, por el pasillo.

3. Todo acontecimiento necesita de su preparación. El corazón, como tierra reseca por el sol de la semana, necesita ser removido con el silencio y la contemplación. Olvídate de quien está a tu lado. Mira al sagrario.

4. Si, por lo que sea, te ha sido del todo imposible preparar el terreno para una buena vivencia eucarística, pídele a Dios que no te sean indiferentes los gestos y los signos de la celebración.

5. Escucha con atención el Evangelio. ¿Acaso te sentarías a comer en una mesa, sin previamente, no haber saludado o escuchado al dueño de la casa? 

6. Antes de comulgar piensa y medita: ¿Qué es lo que me ha dicho el Señor hoy aquí? 

7. Si tienes catarro, nada ni nadie te impide el que estornudes. Pero, por favor, hazlo con un pañuelo. Los que te rodean tienen derecho a enterarse del evangelista y de su mensaje, de los avisos y de las correspondientes oraciones.

8. No todos podemos hacerlo todo ni, todo, hay que hacerlo todos. En el diálogo está la grandeza de las personas y, también, la belleza y el sentido de la liturgia. Lo que es del sacerdote, deja que lo haga él y, lo que sea de la asamblea, participa y cuida de que sea tuyo.

9. La paz es don de Dios. En la Eucaristía está unida toda la iglesia que vive, cree y celebra la presencia de Jesucristo muerto y resucitado. No es cuestión de salir a la “búsqueda y captura” de cuantas más personas mejor para ofrecer la paz. Con que lo hagas al de tu izquierda y al de tu derecha, que lo sepas, lo estás haciendo con todos y cada uno de tus hermanos de esa y de toda la iglesia.

10. Ser conscientes de lo que celebramos es vivir en plenitud y a tope la eucaristía. Espera a que se anuncie el evangelio para signarte, arrodíllate (si no padeces enfermedad grave o eres reumático) en la consagración, sé paciente hasta que el sacerdote indique el momento preciso para dar la paz. Viene muy bien aquel viejo adagio: no pongas el plato si, previamente, no te ofrecen la sopa. La eucaristía, por ser grande y presencia del Señor, debe ser más sentida y menos mecánica.



El antiguo obispo de la diócesis, D. José; ayudado por el antiguo párroco D. Alfonso, administra el sacramento de la confirmación. Después de dos cursos de catequesis, los jóvenes reciben el gran sacramento que da al Espíritu Santo. Movidos por ese Espíritu han de ser testigos de Cristo en su ambiente.
 
En la puerta del sagrario de la iglesia, además de los ángeles, junto a Cristo clavado en la cruz, están las figuras de la Virgen y de San Juan. La Eucaristía se reserva en este sagrario, cuando hay culto en el templo. En esos momentos, Cristo muerto y resucitado está presente en él.