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En el altar de nuestra acogedora capilla del Santísimo, el cual simboliza a Cristo sacerdote, se celebra la Eucaristía todos los sábados y días laborables. La Sagrada Eucaristía es centro de la vida de la parroquia y ha de serlo de la vida cristiana de los feligreses.
 
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DOMINGO XVII DEL TIEMPO ORDINARIO, CICLO A  

EL VERDADERO TESORO  

Por Alfonso Martínez Sanz  

Lecturas: I Reyes 3, 5.7-12; Romanos 8, 28-30; Mateo 13, 44-52  

1. La Palabra de Dios ha llegado, un domingo más, hasta nuestros oídos y, ojalá haya penetrado también en nuestros corazones. En la medida en que la hayamos acogido con sencillez y buenas disposiciones, en esa misma medida dará fruto en nuestras vidas. Si la Palabra de Dios de cada domingo nos dejara igual, y no cambiáramos a mejor, sería señal clara de que éramos tierra dura y seca que hace malograr la capacidad transformadora de la simiente fecunda que es la Palabra divina.  Hagamos examen de conciencia y, con la luz de Dios, veamos lo que está impidiendo en nosotros que haya frutos abundantes de buenas obras.   

2. En la primera lectura, tal como ocurría el pasado domingo, seguimos viendo al rey Salomón haciendo oración de petición al Señor. Aunque era muy sabio, se siente poca cosa, es humilde, y para gobernar bien a su pueblo le pide a Dios: da a tu siervo un corazón dócil para gobernar a tu pueblo, para discernir el mal del bien. ¡Qué petición tan necesaria y de tanto sentido común! Gobernar, dirigir a un grupo, a una familia, a una comunidad, y cuanto más grande sea con mayor razón, es siempre difícil. Difícil, porque los humanos somos con frecuencia complicados y bastante conflictivos. Y difícil, porque otras veces los problemas surgidos tienen en sí mismos una dificultad que supera, del todo, o en parte, la capacidad de quien gobierna: políticos, padres de familia, sacerdotes, educadores, médicos, empresarios, sindicalistas… 

No cabe la menor duda de que Dios no pasa de largo, no pasa mirando hacia el lado contrario de donde están los problemas. Y también está claro para un creyente que Dios sabe infinitamente más que el hombre, por muy sabio que éste sea. El buen gobernante necesita la luz y la ayuda de Dios. Y para que esa ayuda sea eficaz es imprescindible tener un corazón dócil para ver con claridad lo que es bueno, y hacerlo, y ver con la misma claridad lo que es malo, y evitarlo. Sólo de esa manera acertará en las decisiones que tome. El hombre siempre necesita de Dios. Prescindir de Él es un error craso que suele pagarse caro. El Papa emérito Benedicto XVIdijo en la Misa de clausura del 25º Congreso Eucarístico Italiano: la historia nos demuestra, dramáticamente, cómo el objetivo de asegurar a todos desarrollo, bienestar material y paz, prescindiendo de Dios y de su revelación, termina siendo un dar a los hombres piedras en lugar de pan. 

3. Pero a quien primeramente ha de intentar gobernar bien cada uno de nosotros es a sí mismo. El capitán del barco de la propia vida es uno mismo. Tenemos todos, como primera obligación, caminar por los caminos de la verdad y del bien para alcanzar el fin último para el cual Dios nos ha creado, que es llegar al cielo y vivir en Él y con Él para siempre. Para que sea así, todos necesitamos un corazón dócil para gobernar nuestra propia vida, para discernir el mal del bien. Para ello hay que ir adquiriendo una buena formación cristiana, con la que conozcamos qué cosas coinciden con la Ley de Dios y cuáles van en dirección contraria; llevar una vida oración, que nos ayude a oír la voz de Dios; y acercarse frecuentemente a los sacramentos para adquirir la fuerza imprescindible y necesaria para identificar nuestro comportamiento con lo que es la voluntad divina. Exclamemos con el salmo responsorial de hoy: cuánto amo tu voluntad, Señor.  

Ese corazón dócil nos conducirá, sin duda, a buscar el tesoro escondido del que habla el evangelio del presente domingo. Que nadie se confunda, este tesoro no  es el oro, ni la plata, ni las cuentas corrientes, ni los pisos, ni las fincas, ni las joyas… Todo eso, cuando llega la muerte, se queda aquí en la tierra y no acompaña al dueño en la hora de la verdad, cuando rinde cuentas de su vida ante el tribunal de Dios.   

4. El tesoro, por el que vale la pena prescindir de todo eso que llamamos tesoros, es la vida divina, la gracia santificante, que se adquiere en el bautismo. Con ella, la Santísima Trinidad habite en el alma, y es motor para realizar abundantes obras de santidad. La gracia santificante en el alma es el verdadero tesoro que hemos de tener, valorar, proteger, defender y, si por debilidad lo perdiéramos a causa del pecado, recuperarlo cuanto antes con una confesión llena de un profundo y humilde dolor, y con el propósito firme de poner los medios adecuados para no volver a pecar.   

El valor del verdadero tesoro, que es la gracia santificante, es tan grande, que por ella somos hijos de Dios y herederos del cielo, participamos de la naturaleza divina y, tal como decíamos, la Santísima Trinidad habita en el templo de nuestra alma. ¿Hay algo mayor que esto? No es extraño que Santo Tomás de Aquino dijera de la gracia santificante: el más mínimo grado de gracia santificante vale más que todos los dones –tesoros- naturales juntos. El amor a Diosy el deseo de querer vivir bien nuestros compromisos bautismales han de llevarnos a mantener una lucha permanente por vivir siempre en gracia santificante con la ayuda de Dios.  

5. Que la Virgen María, la llena de gracia,  nos proteja y nos ayude a tener siempre en el alma el único verdadero tesoro, que es la gracia santificante, por tener el cual, vale la pena renunciar gustosamente a todos los demás.  

LA TRANSFIGURACIÓN DEL SEÑOR, CICLO A

SE TRANSFIGURÓ ANTE ELLOS

Por Alfonso Martínez Sanz

Lecturas: Daniel 7, 9-10.13-14; II Pedro 1,16-19; Mateo 17, 1-9

 1. Seis días después de que les anunciara a los apóstoles que debía ir a Jerusalén, que padecería mucho, que moriría y que resucitaría al tercer día, Jesús subió al monte Tabor con los apóstoles Pedro, Santiago y Juan y se transfiguró ante ellos. Jesús, el Salvador, era el Hijo eterno del Padre encarnado en las entrañas virginales de María. Era verdadero Dios y verdadero hombre, pero los que se encontraron con Él, los que pasaban a su lado, o convivían junto a Él, soló veían los rasgos propios de un ser humano. La divinidad, sin embargo, estaba oculta por lo que se puede llamar el velo de la humanidad. Sin dejar de ser Dios, aparecía sólo como un niño normal, como los demás jóvenes o trabajadores de su pueblo, como uno más. Nadie sospechaba que fuera sólo un hombre.

Para hacernos una idea, lo que ocurrió en la Transfiguración podría explicarse, aunque muy imperfectamente, diciendo que la divinidad “atravesó” el velo de la humanidad de Jesús y su rostro se puso resplandeciente como el sol y sus vestidos blancos como la luz. Además, aparecieron Moisés y Elías hablando con Él. Todo esto le hizo exclamar a Pedro: ¡Señor, que bien se está aquí! De esa manera, Jesús les mostraba a sus discípulos, anticipadamente, la gloria que iba a recibir por su pasión y su muerte.

2. Como decía el Papa Benedicto XVI: Pedro, Santiago y Juan, contemplando la divinidad del Señor, se preparan para afrontar el escándalo de la cruz, como se canta en un antiguo himno: "En el monte te transfiguraste y tus discípulos, en la medida de su capacidad, contemplaron tu gloria, para que, viéndote crucificado, comprendieran que tu pasión era voluntaria y anunciaran al mundo que tú eres verdaderamente el esplendor del Padre".

Pero los apóstoles, además de contemplar la gloria de la divinidad de Jesucristo, cubiertos por una nube de luz, oyeron esta voz del cielo: Éste es mi Hijo, el Amado, en quien yo me complazco: escuchadle. Es la voz del Padre que ya se oyó en el Bautismo de Jesús. Santo Tomás de Aquino, en la Suma Teológica, relaciona las teofanías del Bautismo y de la Transfiguración  de Jesús de esta manera: Así como en el Bautismo del Señor, donde fue declarado el misterio de la primera regeneración, se mostró la acción de toda la Trinidad, ya que allí estuvo el Hijo Encarnado, se apareció el Espíritu Santo en forma de paloma, y allí se escuchó la voz del Padre; así también la Transfiguración, que es como el sacramento de la segunda regeneración (la resurrección), apareció toda la Trinidad: el Padre en la voz, el Hijo en el hombre, y el Espíritu Santo en la claridad de la nube; porque así como Dios Trino da inocencia en el Bautismo, de la misma manera dará a sus elegidos el fulgor de la gloria y el alivio de todo mal en la Resurrección.

3. Lo ocurrido en el monte Tabor repercutió, sin lugar a duda, en la vida de Jesús y en la de los apóstoles. Jesús era hombre verdadero, semejante en todos a nosotros, menos en el pecado. Por eso, Jesús no era insensible al dolor que se le echaba encima, con la pasión y la cruz, y que con su ciencia divina conocía perfectamente. Puede darse por seguro que la vista de la gloria que le reservaba el Padre por su obediencia filial sería, para Él, un estímulo muy grande al tener que enfrentarse con la tragedia del Calvario. 

La repercusión en los apóstoles, de lo vivido en el monte Tabor, queda perfectamente reflejado es estas palabras de San Pedro en su segunda carta: cuando os dimos a conocer el poder y la última venida de nuestro Señor Jesucristo, no nos fundábamos en fábulas fantásticas, sino que habíamos sido testigos oculares de su grandeza. Él recibió de Dios Padre honra y gloria, cuando la Sublime Gloria le trajo aquella voz: «Éste es mi Hijo amado, mi predilecto.» Esta voz, traída del cielo, la oímos nosotros, estando con él en la montaña sagrada. A pesar de sus defectos, de su resistencia a aceptar la pasión y muerte de Jesús y de sus miedos, la contemplación de la gloria divina de Jesús tranquilizaría a los apóstoles, les ilusionaría y les daría fortaleza, además de aumentar mucho su fe.

4. También en nosotros ha de repercutir positivamente la celebración de la Transfiguración del Señor. Como para Dios Padre, paras nosotros, Cristo ha de ser nuestro Amado. Fray Luís de León, en su obra Los nombres de Cristo, afirma que es Cristo El Amado, esto es, el que antes ha sido, y ahora es y será para siempre la cosa más amada de todas, porque ni una criatura sola, ni todas las criaturas juntas, son de Dios tan amadas, y porque El solo es el que tiene verdaderos adoradores de sí. Todo cristiano ha de ser un enamorado de Cristo, que pone los medios adecuados para conocerle más, para crecer en su amor, para cumplir su voluntad, para identificarse con Él, hasta poder decir, como San Pablo, no vivo yo, es Cristo quien vive en mí.

Pero para hacer realidad esa meta, es imprescindible escucharle, escuchar a Cristo. La invitación, el consejo o mandato nos viene, nada más y nada menos, que del mismo Dios. Las palabras del Padre son claras: «Este es mi Hijo amado», el que tiene su rostro transfigurado. «Escuchadle a él», a nadie más. Él es el Hijo amado de Dios. Es nuestro Maestro, Profeta y Señor. Su voz es la única que hemos de escuchar. Y esa voz se oye conociendo bien la Sagrada Escritura, la Tradición viva de la Iglesia y el Magisterio de la Iglesia. Las voces contrarias a lo que enseñan estas tres fuentes son voces de falsos profetas, los cuales abundan en nuestra sociedad. Por eso, hay que saber estar siempre vigilantes, porque, como decía uno en broma, esta mentira no es verdad. Benedicto XVI nos animaba, hablando de la Transfiguración: queridos amigos, participemos también nosotros de esta visión y de este don sobrenatural, dando espacio a la oración y a la escucha de la Palabra de Dios.

5. Que la Madre del Transfigurado, del Salvador, nos ayude a amar con toda el alma a Cristo, a oír siempre su voz y a dejarnos guiar por ella.  

 

DOMINGO XIX DEL TIEMPO ORDINARIO, CICLO A 

¡SOY YO, NO TENGÁIS MIEDO!  

Por Alfonso Martínez Sanz  

Lecturas: I Reyes 19, 9ª. 11-13ª; Romanos 9, 1-5; Mateo 14, 12-33  

1.  La primera lectura de este domingo nos habla del gran profeta Elías en un monte, el monte Horeb, que no es otro que el monte Sinaí.  El Horeb es un lugar muy singular. La palabra hebrea significa desolado, destruido, una tierra de soledad y de silencio. Sin embargo, es llamado monte de Dios, porque en él se hizo presente Dios, en la vida de Moisés y de Elías, para hablarles y darles lo que ellos necesitaban.   

Elías había llegado para liberarse de la pérfida reina Jezabel, que quería matarlo. Refugiado en una gruta, y en un clima de oración, Dios se le manifiesta a la puerta de ella. Y lo hace no en el viento fuerte, el terremoto  o el fuego –elementos tradicionales en las teofanías de Dios-, sino en la suavidad del silencio y del susurro del viento. En este sentido, dirá san Juan de la Cruz: una Palabra habló el Padre, que fue su Hijo, y ésta habla siempre en eterno silencio, y en silencio ha de ser oída del alma. En medio de tanto ruido interior y exterior que hay en nuestra sociedad actual, es difícil oír a Dios y hablar con Él. Todos necesitamos una cura de silencio y, si la hacemos, habrá más vida interior.  

2. El evangelio, por su parte, nos presenta a Jesús después de haber multiplicado los cinco panes y los dos peces con los que se saciaron unos cinco mil hombres, sin contar mujeres y niños. Después de esto, mandó a sus apóstoles que, en la barca, se fueran a la otra orilla, despidió a aquellas gentes sencillas con cordialidad, y se subió al monte a orar a solas con su Padre Dios. Los evangelios nos lo presentan con frecuencia retirándose a orar, porque siente necesidad de estar a solas y tratar con Dios Padre. Esto ocurre, sobre todo, en torno a acontecimientos especiales, como lo había sido el gran milagro que acababa de hacer. 

Después de haber hablado y orado con su Padre, Jesús vuelve a los suyos en medio de las dificultades de un mar agitado y embravecido, confirmándolos en la fe y liberándolos del miedo y de la duda. Jesús se había ido Él solo al monte para orar. Mientras, los discípulos se encuentran en la barca lejos de la orilla, sacudida por las olas, porque el viento era contrario.  Jesús se les presenta andando sobre el agua para infundirles ánimo y comunicarles la vida: ¡ánimo, soy yo, no tengáis miedo! 

3. No es Jesús un fantasma, es Él en persona el que siempre viene en nuestra ayuda. No viene a meter miedo ni a pedir cuentas, viene a amainar todo lo que nos causa sufrimientos y nos quita la paz. Hay que dejarse cuidar por Dios, hay que dejarse amar y proteger por Él. Con las palabras de ánimo que Jesús dirige a sus apóstoles, una vez más somos invitados todos a acoger con alegría y confianza al Dios que ha querido acampar entre nosotros para darnos vida abundante y para sanar los miedos que nos causa la falta de fe, la posibilidad de perder, o que se manche, nuestra propia imagen. Los respetos humanos siempre son traicioneros. Cristo es nuestra seguridad y, al estar con nosotros, ¿por qué tener miedo? 

Los apóstoles iban en la barca y, en esa barca, resalta la figura de Pedro. Podría decirse que la barca en la que está Pedro es símbolo de la Iglesia que, a lo largo de la historia humana, pasará por zozobras, dificultades, incomprensiones o persecuciones. A pesar de la debilidad humana, incluida la de Pedro, la Iglesia seguirá adelante. El mismo Cristo que dijo a los apóstoles no temáis, soy yo, prometió a la Iglesia entera: yo estaré con vosotros todos los días hasta la consumación de los siglos.   

4. La figura de Pedro, como portavoz de la iglesia, es ejemplar en el relato: es una especie de catequesis sobre la vida y la fe del discípulo, invitado a confiar en el Señor totalmente, aun viviendo situaciones verdaderamente difíciles. Ese Pedro que siente miedo, y todos sus sucesores, los Papas, cuentan de manera permanente con la mano extendida de Jesús y la fuerza del Espíritu para guiar a la Iglesia y confirmar a sus hermanos en la fe.  

Es lo que está haciendo, en los momentos presentes, al Papa Francisco: confirmarnos a todos en la fe; decirnos, en nombre de Cristo, ¡ánimo, soy yo, no tengáis miedo! A pesar de la abundancia de problemas que nos toca vivir, el Papa nos está diciendo con su testimonio que, con Cristo, se puede llevar a cabo la nueva reevangelización, vivir la fidelidad cristiana, cambiar a mejor nuestra sociedad, prestar grandes servicios a la Iglesia y a la sociedad y comprometer la vida toda entregándose a Dios y a la Iglesia en el sacerdocio o en la vida consagrada.  Sentir miedo ante situaciones amenazantes es muy humano, pero lo que Jesús pide es que no nos dejemos paralizar por ese miedo, sino lo venzamos, poniendo toda la confianza en Dios que es nuestro Padre y cuida de sus hijos. El discípulo misionero –decía el Papa Francisco- es intrépido y nada lo detiene, ya que tiene a Dios como su Señor. 

5. Pidamos a la Virgen, en este domingo, que nos cuide y nos alcance la fortaleza necesaria para ser valientes en el testimonio cristiano, superando siempre nuestros miedos.

 



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SANTORAL PARA HOY
Se encuentra en el lado derecho del presbiterio de la iglesia del convento de las carmelitas de Toledo, en donde vivió la Beata más de sesenta años. En él se conserva su cuerpo incorrupto. Ciertamente impresiona y hace pensar.
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