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El antiguo párroco D. Alfonso con unos hermanos y un grupo de feligreses posan en la puerta del convento, después de haberlo visitado, haber rezado ante el cuerpo de la Beata María de Jesús y haber hablado un largo rato, en el locutorio, con la priora y otra monja de la comunidad.
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DOMINGO XIX DEL TIEMPO ORDINARIO, CICLO A
 
¡SOY YO, NO TENGÁIS MIEDO!
 
Lecturas: I Reyes 19, 9ª. 11-13ª; Romanos 9, 1-5; Mateo 14, 12-33 
 
1.  La primera lectura de este domingo nos habla del gran profeta Elías en un monte, el monte Horeb, que no es otro que el monte Sinaí.  El Horeb es un lugar muy singular. La palabra hebrea significa desolado, destruido, una tierra de soledad y de silencio. Sin embargo, es llamado monte de Dios, porque en él se hizo presente Dios, en la vida de Moisés y de Elías, para hablarles y darles lo que ellos necesitaban.
 
Elías había llegado para liberarse de la pérfida reina Jezabel, que quería matarlo. Refugiado en una gruta, y en un clima de oración, Dios se le manifiesta a la puerta de ella. Y lo hace no en el viento fuerte, el terremoto  o el fuego –elementos tradicionales en las teofanías de Dios-, sino en la suavidad del silencio y del susurro del viento. En este sentido, dirá san Juan de la Cruz: una Palabra habló el Padre, que fue su Hijo, y ésta habla siempre en eterno silencio, y en silencio ha de ser oída del alma. En medio de tanto ruido interior y exterior que hay en nuestra sociedad actual, es difícil oír a Dios y hablar con Él. Todos necesitamos una cura de silencio y, si la hacemos, habrá más vida interior.
 
2. El evangelio, por su parte, nos presenta a Jesús después de haber multiplicado los cinco panes y los dos peces con los que se saciaron unos cinco mil hombres, sin contar mujeres y niños. Después de esto, mandó a sus apóstoles que, en la barca, se fueran a la otra orilla, despidió a aquellas gentes sencillas con cordialidad, y se subió al monte a orar a solas con su Padre Dios. Los evangelios nos lo presentan con frecuencia retirándose a orar, porque siente necesidad de estar a solas y tratar con Dios Padre. Esto ocurre, sobre todo, en torno a acontecimientos especiales, como lo había sido el gran milagro que acababa de hacer.
Después de haber hablado y orado con su Padre, Jesús vuelve a los suyos en medio de las dificultades de un mar agitado y embravecido, confirmándolos en la fe y liberándolos del miedo y de la duda. Jesús se había ido Él solo al monte para orar. Mientras, los discípulos se encuentran en la barca lejos de la orilla, sacudida por las olas, porque el viento era contrario.  Jesús se les presenta andando sobre el agua para infundirles ánimo y comunicarles la vida: ¡ánimo, soy yo, no tengáis miedo!
3. No es Jesús un fantasma, es Él en persona el que siempre viene en nuestra ayuda. No viene a meter miedo ni a pedir cuentas, viene a amainar todo lo que nos causa sufrimientos y nos quita la paz. Hay que dejarse cuidar por Dios, hay que dejarse amar y proteger por Él. Con las palabras de ánimo que Jesús dirige a sus apóstoles, una vez más somos invitados todos a acoger con alegría y confianza al Dios que ha querido acampar entre nosotros para darnos vida abundante y para sanar los miedos que nos causa la falta de fe, la posibilidad de perder, o que se manche, nuestra propia imagen. Los respetos humanos siempre son traicioneros. Cristo es nuestra seguridad y, al estar con nosotros, ¿por qué tener miedo?
Los apóstoles iban en la barca y, en esa barca, resalta la figura de Pedro. Podría decirse que la barca en la que está Pedro es símbolo de la Iglesia que, a lo largo de la historia humana, pasará por zozobras, dificultades, incomprensiones o persecuciones. A pesar de la debilidad humana, incluida la de Pedro, la Iglesia seguirá adelante. El mismo Cristo que dijo a los apóstoles no temáis, soy yo, prometió a la Iglesia entera: yo estaré con vosotros todos los días hasta la consumación de los siglos. 
4. La figura de Pedro, como portavoz de la iglesia, es ejemplar en el relato: es una especie de catequesis sobre la vida y la fe del discípulo, invitado a confiar en el Señor totalmente, aun viviendo situaciones verdaderamente difíciles. Ese Pedro que siente miedo, y todos sus sucesores, los Papas, cuentan de manera permanente con la mano extendida de Jesús y la fuerza del Espíritu para guiar a la Iglesia y confirmar a sus hermanos en la fe.
Es lo que está haciendo, en los momentos presentes, al Papa Francisco: confirmarnos a todos en la fe; decirnos, en nombre de Cristo, ¡ánimo, soy yo, no tengáis miedo! A pesar de la abundancia de problemas que nos toca vivir, el Papa nos está diciendo con su testimonio que, con Cristo, se puede llevar a cabo la nueva reevangelización, vivir la fidelidad cristiana, cambiar a mejor nuestra sociedad, prestar grandes servicios a la Iglesia y a la sociedad y comprometer la vida toda entregándose a Dios y a la Iglesia en el sacerdocio o en la vida consagrada.  Sentir miedo ante situaciones amenazantes es muy humano, pero lo que Jesús pide es que no nos dejemos paralizar por ese miedo, sino lo venzamos, poniendo toda la confianza en Dios que es nuestro Padre y cuida de sus hijos. El discípulo misionero –decía el Papa Francisco- es intrépido y nada lo detiene, ya que tiene a Dios como su Señor.
5. Pidamos a la Virgen, en este domingo, que nos cuide y nos alcance la fortaleza necesaria para ser valientes en el testimonio cristiano, superando siempre nuestros miedos.  


El ambón es el lugar-mueble, donde se proclama la Palabra de Dios, en la celebración de la Eucaristía. Representa a Cristo, maestro y profeta, que nos predica la verdad que salva. La Palabra de Dios proclamada hay que meditarla y procurar vivirla con esfuerzo.
 
El agua bendita es uno de los sacramentales –no sacramento- que hay en la Iglesia, a la que Santa Teresa le tenía mucha devoción. Con el hisopo, que se está viendo, el sacerdote rocía y bendice al pueblo de Dios, a los difuntos, a los campos, a objetos…