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Este sagrario se encuentra en la capilla. En él, bajo las apariencias de pan, Cristo está realmente presente con su Cuerpo, con su Sangre, con su Alma y con su Divinidad. Visitarlo diariamente es una prueba de corresponder al Amor con amor.
 
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DOMINGO DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD
 
MORADA DE LAS TRES DIVINAS PERSONAS
 
Por Alfonso Martínez Sanz 
 
Lecturas: Deuteronomio 4, 32-34. 39-40; Romanos 8, 14-17; Mateo 28,16-20
 
1. El Dios único y verdadero, el Dios omnipotente que todo lo ha hecho de la nada, es tres personas distintas en una sola naturaleza: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. No es tres dioses, sino tres personas distintas que son un solo Dios, un único Dios, infinito, eterno, bondad absoluta, misericordia sin límites. Así nos lo enseñaron, siendo niños, en nuestros hogares y en la catequesis de nuestras parroquias, porque es la principal verdad revelada a los hombres por Dios mismo y enseñada por la Iglesia.
 
Es natural que lo más no quepa en lo menos. El contenido de una garrafa llena de un líquido cualquiera, con capacidad de cinco litros, no puede caber en una botella vacía, cuya capacidad es de un litro. Algo de esto pasa con Dios respecto a nosotros. Por mucho que lo intentemos, y por grande que sea nuestra capacidad intelectual, el Dios infinito no puede “caber” en nuestra cabeza limitada. Dios es lo más, nosotros somos lo menos, por eso no podemos abarcar y comprender el ser de Dios. Sólo la soberbia humana puede pretender comprender a Dios, pero nunca podrá alcanzar ese objetivo.   
2. Llamamos a esta verdad Misterio de la Santísima Trinidad. Es el primero y principal misterio de nuestra fe católica. Es la verdad fontal misteriosa de la que, directa o indirectamente, dependen las demás verdades reveladas. El Misterio trinitario no fue revelado, al menos expresamente, en el Antiguo Testamento. Es en el Nuevo, en el que Dios nos lo revela nítidamente, nos lo da a conocer con una claridad meridiana. Por citar únicamente dos pasajes neotestamentarios, recordemos, en primer lugar, el texto de la Anunciación de ángel a María, según el cual, la doncella de Nazaret va a concebir al Hijo del Altísimo por obra del Espíritu Santo: Altísimo, Hijo y Espíritu Santo, tres personas distintas.
El otro pasaje nos lo ha narrado el evangelio proclamado. Antes de ascender a los cielos, Jesús dice a los apóstoles: id y haced discípulos de todos los pueblos, bautizándolos en el nombre de Padre y del Hijo y del Espíritu Santo.   Con la fuerza y la ciencia que les dio el Espíritu Santo, los apóstoles se dispersaron por lugares distintos y  empezaron a predicar el Evangelio de Jesús y a bautizar en nombre de las tres divinas personas, tal como Cristo les había mandado, aumentando por doquier los creyentes y formando comunidades cristianas.
3. La fe en el Misterio de la Santísima Trinidad, que se fundamenta en la divina revelación, está reiteradamente manifestada y confesada en toda la Liturgia de la Iglesia. La misa, por ejemplo, comienza, termina y recuerda constantemente la fe trinitaria.
El día de nuestro bautismo, el más importante de nuestra existencia terrena, empezamos por la gracia santificante a ser templos de la Santísima Trinidad. Si alguno me ama, guardará mi palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada en él, respondió Jesús en la Ultima Cena a uno de sus discípulos que le había preguntado por qué se habría de manifestar a ellos y no al mundo. Santa Isabel de la Trinidad se extasiaba ante esta maravillosa y consoladora verdad. Son de una gran altura mística estas palabras suyas: la Trinidad: aquí está nuestra morada, nuestro hogar, la casa paterna de la que jamás debemos salir... Me parece que he encontrado mi cielo en la tierra, puesto que el cielo es Dios y Dios está en mi alma. El día que comprendí eso todo se iluminó para mí.
4. Creer en la existencia de la Santísima Trinidad, y en que este Dios Uno y Trino habita en nuestra alma en gracia santificante, nos ha de impulsar a admirar tanta maravilla, a vivir permanentemente en la presencia de Dios  y, por todo ello, a intentar vivir siempre y en todo lugar cumpliendo su divina voluntad. Santa Isabel de la Trinidad lo dice muchísimo mejor: creer que un ser que se llama El Amor habita en nosotros en todo instante del día y de la noche y que nos pide que vivamos en sociedad con El, he aquí -os lo confío- lo que ha hecho de mi vida un cielo anticipado.
Hacer de nuestra vida un cielo anticipado, como lo hizo la Beata Isabel de la Trinidad, exige una primera condición indispensable, que hemos de procurar cumplir de manera permanente. Se trata de que nuestra alma nunca esté invadida por el pecado mortal, sino que siempre se encuentre fecundada por la gracia santificante. Pero esto, a su vez, implica huir de las ocasiones de pecado, no dialogar con la tentaciones, alimentar la vida espiritual con la oración frecuente y la recepción de los sacramento, tratar al Espíritu Santo, practicar una tierna y filial devoción a la Virgen, tener espíritu de mortificación y amor a la cruz de cada día, + ir buscado siempre la cosas de arriba… Por otra parte, es del todo necesario estar convencidos de que esto no es únicamente para almas privilegiadas y excepcionales. No, pensar así sería pensar equivocadamente. Todo bautizado -enseña la Iglesia en el Vaticano II- está llamado a la plenitud de la vida cristiana, por tanto, a hacer un cielo de la propia vida, al menos, a intentarlo en serio.
5. Si Santa Isabel de la Trinidad hizo de su vida un cielo, qué no haría la Santísima Virgen. A Ella le pedimos que nos ayude a convertir nuestra vida por lo menos en la antesala del cielo.


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SANTORAL PARA HOY
El amor a Cristo, representado por el crucifijo, y el amor a la Virgen, simbolizado por el rosario, han de ser los dos grandes amores del cristiano, los cuales ni se excluyen ni se contraponen, sino que el uno conduce al otro. Quien quiera lo puede experimentar.