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La Beata María de Jesús, cuya imagen puede verse, es la Titular de nuestra parroquia. Nacida en Tartanedo y educada en Molina de Aragón, pueblos de nuestra diócesis, ingresó en el Carmelo de Toledo. De ella, siendo novicia, diría Santa Teresa: “María de Jesús, no será santa, es ya santa”.
 
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DOMINGO II DEL TIEMPO ORDINARIO, CICLO B
 
AQUÍ ESTOY, ME HAS LLAMADO
 
Por Alfonso Martínez Sanz
 
Lecturas: I Samuel 3, 3b-10.19; I Corintios 6, 13c-15ª.17-20; Marcos 1,14-20
 
1. Durante el Año litúrgico, la Iglesia celebra dos grandes fiestas. La primera es la Pascua de Resurrección, con el tiempo de cuaresma como preparación, y con el tempo pascual como prolongación de la misma. La otra fiesta muy grande es la Natividad del Señor, a la que nos preparamos con el tiempo de adviento, y que prolongamos a lo largo del tiempo de Navidad, que finaliza con la Fiesta del Bautismo del Señor, celebrada el domingo pasado, primer domingo del tiempo ordinario.
 
En este tiempo ordinario –hoy es el segundo domingo-, es de mucha importancia saber descubrir el valor de lo ordinario y corriente que hay en nuestra vida, cuando ésta se vive de cara a Dios. Porque la vida del Señor estuvo llena de cosas ordinárias, corrientes y normales, san Josemaría enseñaba:  desde 1928 comprendí con claridad que Dios desea que los cristianos tomen ejemplo de toda la vida del Señor. Entendí especialmente su vida escondida, su vida de trabajo corriente en medio de los hombres: el Señor quiere que muchas almas encuentren su camino en los años de vida callada y sin brilloLa vida ordinaria puede ser santa y llena de DiosEl valor sobrenatural de nuestra vida no depende de que sean realidad las grandes hazañas que a veces forjamos con la imaginación, sino de la aceptación fiel de la voluntad divina, de la disposición generosa en el menudo sacrificio diario.
 
2. La primera lectura proclamada es un relato precioso que nos narra la vocación de Samuel. Como para cualquier hombre o mujer, también para Samuel Dios tenía prevista, desde toda la eternidad, una misión que llevar a cabo cuando llegara a su existencia en la tierra. La llegada de un ser humano a la existencia no es fruto del azar o casualidad. La fe católica enseña que, en Dios, no se da movimiento alguno, ni siquiera el movimiento de pasar de no pensar a pensar,  o de no querer a querer, o al revés. En la mente divina existimos todos los humanos desde siempre, y sobre cada uno Dios tiene un proyecto eterno, que el hombre ha de hacer realidad en este mundo en que vivimos. Dicho de otra manera, cada persona humana tiene en la vida una vocación divina, la cual  primero ha de descubrir y, después, vivir con fidelidad.
 
Sirviéndose  del  salmo  39,  salmo  responsorial  de  este   domingo, la  carta  a los
Hebreos aplica a Cristo, al entrar en el mundo, estas palabras que expresan el deseo de querer cumplir del todo la voluntad del Padre: aquí estoy para hacer tu voluntad. Así ha de ser la actitud de todo cristiano en cualquier momento de su vida y, muy en concreto, respecto a la vocación que Dios quiera para él o para ella. Ese  fue el comportamiento del niño Samuel aconsejado por Elí: aquí estoy… Habla, Señor, que tu siervo te escucha. Dios elegía a Samuel para ser portavoz y mensajero suyo, y Samuel respondió con prontitud y entrega.
 
3. Es de total transcendencia descubrir la propia vocación, oír la voz de Dios que llama y responder sin regateo, prontamente y con  gran generosidad, sea cual sea la vocación, que siempre es don gratuito de Dios. Toda vocación –matrimonio, sacerdocio, vida religiosa o cualquier otra- es una llamada a la plenitud de la vida cristiana, a la santidad completa, en medio del mundo o apartándose de él. Y porque toda vocación es llamada divina, Dios concede a cada uno, en su situación concreta, todas las gracias necesarias para llegar a ser santo o santa en esa vocación. Lo que se requiere como condición indispensable es que el vocacionado coopere  con la entrega de su vida.
 
Las distintas vocaciones que el Espíritu ha promovido en su Iglesia son todas ellas dones preciosos y hasta necesarios. Pero hay una vocación que es especialmente don, y especialmente necesaria para la existencia y vida de la Iglesia de Jesucristo: es la vocación al sacerdocio. Sin sacerdotes la Iglesia no podría desempeñar su tarea de evangelizar el mundo con la proclamación de la Palabra de Dios, con la administración de los sacramento y con la guía del Pueblo de Dios. La Iglesia, y también la sociedad, tienen absoluta necesidad de los sacerdotes.
 
4. Cristo prometió –y sus palabras son infalibles- que estaría en su Iglesia hasta el fin de los siglos, lo cual nos da la seguridad de que habrá siempre sacerdotes. Pero puede ocurrir, como ocurre en los momentos presentes, que los ministros del Señor escaseen, que falten, que haya crisis de vocaciones sacerdotales. Si esto sucede –lo podemos tener bien seguro- , no es porque Dios haya dejado de llamar a niños y jóvenes a que sigan el camino del sacerdocio. No, Dios, como siempre ha hecho y hará,  sigue llamando, intenta que se le oiga, que su llamada sea escuchada y seguida. Pero, por causas  múltiples, el hecho es que en nuestro mundo occidental los seminarios están vacíos o con muy pocos candidatos.
 
¿Podemos quedarnos de brazos cruzados ante un problema de tal  gravedad para la Iglesia? De ninguna de las maneras. Todos –obispos, sacerdotes, religiosos  y seglares en general- nos hemos de esforzar por hacer todo lo que esté en nuestras manos, a tiempo y a destiempo, para promover vocaciones sacerdotales, y también religiosas. Es un deber, y deber grave, que atañe a todos y no sólo a los obispos y presbíteros. Entre otros medios, el consejo de Jesús ha de estar actualizado permanentemente en nuestra vida de cada día: rogad al dueño de la mies que envíe obreros a su mies.
 
5. A la bendita Madre de Dios, Madre especial de los sacerdotes y modelo perfecto de fidelidad a la vocación recibida, le pedimos que haya muchos niños y jóvenes que oigan la voz de Dios, respondan a la llamada y lleguen a ser sacerdotes.    


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SANTORAL PARA HOY
Es la sede de nuestro templo. Representa a Cristo guía, presidente, de la asamblea convocada para celebrar la Eucaristía. Junto con el ambón y el altar, son los tres espacios fundamentales del presbiterio. Ver la sede ha de movernos a dejarnos conducir por Cristo representado por el sacerdote.