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Al frente de los procesos de beatificación y de canonización, siempre está el llamado “postulador”, que comisionado por alguien solicita, en la curia romana, la elevación a los altares de algún católico. En el caso de nuestra Titular, fue el Padre Simeón de la Sagrada Familia O.C.D.
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SOLEMNIDAD DE CRISTO REY, CICLO C 
CLAUSURA DEL AÑO DE LA FE 
MIEMBROS DEL REINO DE CRISTO
 
Lecturas: II Samuel 5, 1-3; Colosenses 1, 12-20; Lucas 23, 35-43
 
1.  Con frecuencia, o de vez en cuando, se oye decir a niños, jóvenes o mayores: me aburro en misa, a veces me aburro en misa, me he aburrido en la misa de hoy. Normalmente, cuando esto ocurre, suele ser por dos razones: o porque no se conoce bien lo que es la misa, o porque cuando hay aburrimiento falta amor a Jesucristo muerto en la cruz, tal como nos lo presenta el evangelio de esta fiesta de Cristo Rey, el cual, porque nos amaba de verdad, no se aburrió y, por ello, no se bajó de ese patíbulo, sino que permaneció en él, aunque su sufrimiento era tan grande que no se puede expresar del todo con nuestras pobres palabras. Cuando se cree firmemente que la misa es hacer presente sobre el altar la muerte redentora de Cristo, y a Cristo se le ama de verdad, la misa no aburre, aunque a veces cueste escuchar la aburrida homilía del sacerdote, en el caso de que sea aburrida.
 
En este domingo, último de año litúrgico, celebramos laSolemnidad de Jesucristo, Rey del universo. Esta fiesta es una de las más importantes y, como decía Juan Pablo II, el año 1997, nos invita a repetir con fe: venga tu reino. Es necesario que venga el reino de Cristo, porque su reino es el reino de la verdad y la vida, de la santidad y la gracia, de la justicia, del amor y la paz, como afirma el prefacio de la misa de esta fiesta.
 
2. La fiesta de Cristo, Rey del universo y de cada uno de nosotros, fue instaurada por Pío XI, el año 1925, y aunque al principio no se celebraba en noviembre, sin embargo, acabó celebrándose el último domingo del tiempo ordinario, final del año litúrgico. Se quiso significar con ello que Jesucristo, que vino a salvarnos y vendrá a juzgarnos, es el centro del hombre y de la historia, el alfa y la omega, el principio y el fin. El que comenzó su reino con su primera venida, el que dijo que el reino de Dios estaba cerca de nosotros y que su reino no era de este mundo, Él mismo no reinará definitivamente sobre todos los hombres, hasta que vuelva al mundo con toda su gloria, al final de los tiempos, en su segunda venida.
 
Cristo, sin embargo, no es rey como lo entendían los componentes del Sanedrín, pues no aspira a ningún poder político en Israel o en los pueblos paganos. Lo deja bien claro ante los representantes del pueblo judío: mi reino no es de este mundo. Si mi reino fuera de este mundo, mi guardia habría luchado para que no cayera en manos de los judíos. Pero mi reino no es de aquí. Frente a la acusación de los sacerdotes, Jesús revela que se trata de otro tipo de realeza, una realeza divina y espiritual, aunque verdadera realeza: soy rey. Yo para esto he nacido y para esto he venido al mundo; para ser testigo de la verdad. Todo el que es de la verdad, escucha mi voz. Todo el que es de la verdad pertenece a su reino y se somete amorosamente a su reinado, sirviéndole con fidelidad.
 
3. Cuando Jesús estaba clavado en la cruz –lo hemos escuchado en el evangelio-, le gritaban las turbas: si eres tú el rey de los judíos, sálvate a ti mismo, baja de la cruz. Pero Jesús, que podía haberse bajado, permaneció en la cruz, para que su reino de paz y de vida, de gracia y santidad, de verdad y de amor, de liberación y salvación, de justicia y reconciliación llegara a todos los hombres y mujeres de todos los tiempos y lugares. No bajó de la cruz y, en ese momento, no mostró su realeza a los que le pedían que se la mostrara. Tres días después, sin embargo, probó con su resurrección que verdaderamente era rey, como lo había afirmado ante Pilatos.
 
Impresiona lo que hemos escuchado en el evangelio de esta fiesta. Uno de los ladrones, arrepentido de sus pecados, le pide: acuérdate de mí cuando llegues a tu reino. Y Jesús  le dice: te lo aseguro, hoy estarás conmigo en el paraíso, en mi reino.  Cristo quiere reinar en la vida de cada uno, en las familias, en la sociedad. Su objetivo es que, con su reinado, en nuestro modo personal de vivir y en el modo de organizar la sociedad, imperen el amor, la verdad, la justicia, la reconciliación, el respeto, la ayuda mutua, el compartir los bienes con los necesitados…, la paz, con el fin de que cada hijo o hija de Dios escuche del Rey y Juez universal: hoy estarás conmigo en el paraíso, en mi reino.
 
4. Coincidiendo con esta solemnidad  de Cristo Rey, la Iglesia toda está  celebrando la clausura de Año de la Fe. Así lo decía el Papa Benedicto en la Porta fidei: he decidido convocar un Año de la fe. Comenzará el 11 de octubre de 2012, en el cincuenta aniversario de la apertura del Concilio Vaticano II, y terminará en la solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo, el 24 de noviembre de 2013. Conviene recordar hoy, que termina el Año de la Fe, lo que decía también en unos párrafos más abajo: el Año de la Fe es una invitación a una auténtica y renovada conversión al Señor, único Salvador del mundo. Dios, en el misterio de su muerte y resurrección, ha revelado en plenitud el Amor que salva y llama a los hombres a la conversión de vida mediante la remisión de los pecados.
 
Con sinceridad de corazón y con humildad, examinémonos, o si se quiere, hagamos evaluación sobre cómo hemos vivido este Año de gracia. ¿Hemos progresado en nuestra vida cristiana? ¿Se ha dado una auténtica y renovada conversión, como pedía el Papa Benedicto XVI? ¿Ha reinado más y mejor Cristo en nuestra vida? Movidos por la fe, ¿hemos anunciado el Evangelio a familiares, vecinos  y compañero de trabajo?   
 
5. Que la Virgen Reina, por ser Madre del Rey,  y la mejor de los creyentes, nos ayude, nos proteja y nos impulse a vivir la fe de una manera comprometida.


El retablo de nuestra capilla del Santísimo, procedente de Santamera, renacentista, además del hueco para el sagrario, tiene en su cuadro central el relieve de San Roque. Sobre éste hay otro con la Virgen y el Niño y, a ambos lados del primero, dos pinturas en talla de dos evangelistas. En los relieves inferiores, un obispo y un diácono.
 
Puede verse una de las capas pluviales de la parroquia. Como empezó a usarse en las procesiones fuera del templo, ya en el siglo X, y se empleó para protegerse de la lluvia y del frío, empezó a llamarse pluvial. Se emplea en diversas ceremonias, por ejemplo, en la Exposición del Santísimo.