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La Inmaculada es una imagen de talla, copia de la de escayola que había en el local que hizo de templo, antes de la construcción de nuestro Conjunto parroquial. Nos habla de pureza en la vida personal, en las costumbres, en los negocios …, en todo.
 
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DOMINGO III TIEMPO ORDINARIO, CICLO B
 
EL CAMINO VERDADERO
 
Lecturas: Éxodo 20, 1-17; I Corintios 1, 22-25; Juan 2, 13-25.
 
1. Estamos celebrando ya el tercer domingo del tiempo ordinario. Y, una vez más, queremos recordar los cristianos que, en todo momento, somos llamados a la santidad, a la plenitud de la vida cristiana. A este propósito, predicaba san Josemaría: Dios nos espera cada día. Sabedlo bien: hay un algo santo, divino, escondido en las situaciones más comunes, que toca a cada uno de vosotros descubrir. Descubrir esto, ayudará, sin duda, a que la vida de cada uno de nuestros días –luminosos u oscuros- vivida de cara a Dios se transforme en amor al solo Dios verdadero. Y, movidos por ese amor, cumpliremos sus mandatos convirtiendo la vida ordinaria en adoración y alabanza, en acción de gracias, en pedir perdón por los pecados, sean nuestros o de los demás, y en interceder por nuestros hermanos como exige la caridad fraterna.
 
La lectura primera, cuyas palabras como afirma el salmo responsorial son palabras de vida eterna por ser de Dios, recoge uno de los dos formularios que del Decálogo hay en la Biblia. El otro se encuentra en el libro del Deuteronomio. Está fuera de toda duda que, si el Señor dio los diez Mandamientos a su Pueblo, antes de la venida de Cristo, para que los cumplieran, y sigue vigente su valor en el Nuevo Testamento, no es porque Dios quiera complicar la vida del hombre poniéndole barreras. Es porque, dado el amor que tiene al ser humano, le ha puesto unos indicadores o límites, que le señalan dónde está la verdad que salva y libera, y dónde está el bien moral, que es capaz de hacer felices a sus hijos.  
 
2. Los humanos venimos al mundo no para perpetuar nuestra existencia en la tierra, ni para que esta vida termine del todo con nuestra estancia en este suelo que pisamos. Venimos a nuestro mundo como peregrinos caminantes que nos dirigimos a otra ciudad, que es permanente, porque la de aquí abajo es sólo pasajera, para un tiempo, y no para siempre. Así lo enseña la carta a los Hebreos y la Iglesia con ella. Sólo en esa ciudad futurase encuentra la vida feliz,   y el Sumo Bien, capaz de llenar el corazón humano de esa felicidad que en todo va buscando mientras hace su camino histórico. Esa ciudad única es el cielo, y la Verdad y el Bien Sumos es nuestro Dios: Padre, Hijo y Espíritu Santo. 
 
Si queremos vivir la vida mortal de manera acertada y sensata, por encima de cualquier otra meta, conseguir llegar al cielo ha de ser el objetivo último que hemos de intentar alcanzar. Con mucha sabiduría dice el refrán popular: el que se salva, sabe; el que no, no sabe nada. Y el mismo Jesús nos dijo: ¿de qué le sirve al hombre ganar el mundo entero, si al final pierde su vida? En definitiva, el hombre o mujer verdaderamente inteligentes, responsables y llenos de sabiduría serán quienes alcancen la total felicidad junto a Dios en el cielo. 
 
3. Para que un objetivo pueda alcanzarse se requieren dos condiciones, ambas necesarias: elegir los medios adecuados y llevarlos a la práctica. Si queremos llegar a una ciudad hay que elegir la carretera o camino acertado y caminar al ritmo conveniente. Esto mismo ocurre con la meta u objetivo del cielo: es imprescindible elegir el camino verdadero que conduce a él y caminar poniendo de nuestra parte lo que nos corresponde.
 
Dada la permanente inclinación del hombre al error y al mal, a éste le resultaba muy difícil descubrir con la sola luz de la razón el verdadero camino que le condujera al cielo. Por esa razón, Dios quiso comunicárselo, revelárselo. Y eso es el Decálogo, los Mandamientos de la Ley de Dios: camino que, recorrido con la ayuda del Señor y esfuerzo personal, tiene como meta final ver a Dios tal cual es, cara a cara, y ser felices del todo y para siempre.
 
4. Dios no es para nosotros un “complica vidas”.  Dios, al darnos sus mandamientos, no quiere ni disminuir ni violentar nuestra libertad. Lo que pretende, precisamente porque nos ama, es indicarnos por dónde hemos de caminar libremente para no errar en la vida, sino hacer de ella un acierto total, consiguiendo el fin último para el que fuimos creados. No es otro que alcanzar la salvación eterna.  Cada mandamiento no es una señal prohibitiva, es más bien, un indicador que nos señala el camino a seguir para acertar.
 
El camino es bien claro, el camino verdadero son los Mandamientos del Señor. Pero no basta con conocer el camino. Se requiere, además, andarlo, es decir, esforzarse todos los días, con la ayuda de la gracia, para cumplir los preceptos del Señor con fidelidad y entrega, aunque cuesten, o alguno de ellos cueste de manera especial. Habrá siempre debilidades, tropiezos y caídas, incumplimientos y pecados, pero, si mantenemos el compromiso de querer seguir en el camino verdadero, nos levantaremos siempre, comenzaremos y recomenzaremos las veces que haga falta y aceptaremos con humildad nuestras derrotas. También recibiremos el sacramento de la Confesión y fortaleceremos los músculos de nuestra alma con el alimento de la oración, de la Palabra de Dios y de la Eucaristía.  
 
5. A la Virgen, fiel cumplidora de la voluntad de Dios, le pedimos que, con su ayuda maternal, intentemos cada día ser fieles en el cumplimiento de los Mandamiento de la Ley de Dios.


Veamos en esta imagen el amor tierno de la Virgen y de San José hacia el Niño Jesús.
 
El antiguo obispo de la diócesis, D. José; ayudado por el antiguo párroco D. Alfonso, administra el sacramento de la confirmación. Después de dos cursos de catequesis, los jóvenes reciben el gran sacramento que da al Espíritu Santo. Movidos por ese Espíritu han de ser testigos de Cristo en su ambiente.