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El amor a Cristo, representado por el crucifijo, y el amor a la Virgen, simbolizado por el rosario, han de ser los dos grandes amores del cristiano, los cuales ni se excluyen ni se contraponen, sino que el uno conduce al otro. Quien quiera lo puede experimentar.
 
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DOMINGO II TIEMPO ORDINARIO, CICLO C
 
EN CANÁ DE GALILEA JESÚS COMENZÓ SUS SIGNOS 
 
Lecturas: Isaías 62, 1-5; I Corintios 12, 4-11; Juan 2, 1-12
 
1. El pasado domingo terminaba el tiempo gozoso y santo de la Navidad. Estamos viviendo ya el tiempo litúrgico llamado ordinario. Mirando a Cristo en su actuar apostólico, el tiempo ordinario es una llamada a santificar la vida corriente y ordinaria de cada día. En medio de esas jornadas totalmente corrientes y aparentemente rutinarias, el Señor espera de nosotros esfuerzo y amor para hacerlo todo lo mejor que podamos, y para gloria de Dios y bien de nuestro prójimo. Para ser santos, siendo fieles a los compromisos de nuestro bautismo, no es necesario realizar cosas especiales o extraordinarias. El bautizado, esté donde esté, si lo que está haciendo es honesto,  lo intenta hacer bien, y pone amor en ello, se está santificando. En la cátedra o en la cocina, en el quirófano o en el tractor, en un puesto del mercado o en un gabinete de psicología, el cristiano está llamado a ser santo y tiene el deber de procurarlo con la gracia de Dios.
 
2. Jesús, de quien el Padre dijo en el Jordán –así lo escuchamos el domingo pasado- Tú eres mi Hijo, el amado, el predilecto, después de ser bautizado, empezó a predicar, invitando a la conversión: Convertíos y creed el Evangelio. Se acerca el Reino de Dios. A implantar el Reino de Dios en la tierra había venido por amor a los hombres. Y a esto se dedicó, especialmente en los tres últimos años de su vida. Predicar, anunciando el Reino, era como una pasión que le impulsaba a comunicar la verdad que salva, el camino que conduce al cielo, y el amor que Dios tiene al hombre. Él era el Camino, la Verdad y la Vida y, por eso, sus palabras siempre eran palabras de verdad,y camino que conduce a la vida eterna.
 
Pero su predicación, en sí misma totalmente verdadera, Jesús la acompañó de signos y milagros, que confirmaban su veracidad, y que constituían la prueba de que Él no era simplemente un gran profeta, sino el Hijo, Dios igual que el Padre y que el Espíritu Santo. En el evangelio de este domingo, hemos escuchado el primer milagro realizado por Jesús, y que fue a petición de su Madre. Con él, dice el texto evangélico, comenzó sus signos, manifestó su gloria y creció la fe de sus discípulos en Él. En las bodas de Caná, hubo una nueva epifanía, una nueva manifestación de que Jesús era el salvador de los hombres. Epifanía, lo mismo que la habida cuando los Reyes Magos, y también de la mismo naturaleza de la que tuvo lugar en el río Jordán.
 
3.  Puestos a sacar conclusiones personales o a aprender lecciones que hemos de hacer vida, podríamos centrarnos fundamentalmente en dos frases que hemos escuchado: creció la fe sus discípulos en Él. Y esta otra que, por cierto, es una invitación de la Virgen: haced lo que Él os diga. 
 
Los apóstoles, elegidos por Cristo para ser piedras fundamentales de la Iglesia que estaba empezando a fundar, creían en el Maestro. Su fe, sin embargo, no era total al principio, era más bien débil. El milagro que acababan de ver, la conversión que hizo Jesús del agua en vino, acrecentó su fe en Él. También nosotros, hijos de Dios por el bautismo, creemos en Cristo. Ésta es la razón por la cual estamos participando en esta Eucaristía. Pero nuestra fe ha de crecer. He ahí el gran objetivo que hemos de intentar en el Año de la fe que estamos celebrando. Dios quiere que crezca, quiere en nosotros una fe más firme, más recia, más comprometida y más instruida. Ciertamente, por tratarse de una virtud sobrenatural, sólo Dios puede hacer crecer la fe. Pero Dios da el incremento cuando nosotros le pedimos que nos la aumente, cuando recibimos los sacramentos, cuando hacemos oración, cuando nos esforzamos por ver los acontecimientos de la vida con visión sobrenatural. Como los apóstoles en una ocasión, también le decimos hoy al Señor: ¡Señor, auméntanos la fe! Nuestra sociedad descreída y consumista está necesitada de verdaderos testigos  de la fe, que le ayuden  a abrir los ojos para ver que Dios ha de ser el centro de la vida del ser humano.   
 
4. Nuestra fe aumentará, sin lugar a duda, si seguimos el consejo de la Virgen: Haced lo que Él os diga. Cuando la fe es firme y coherente, el cristiano mantiene una lucha ascética continua por cumplir la voluntad de Cristo, que no es otra que la voluntad del Padre. En ese cumplimiento de la voluntad de Dios, aun en los deberes más pequeños, está la propia santidad, a la que todo bautizado está llamado, fruto de la fe bien vivida.
 
Recorriendo el Evangelio predicado por Cristo, nos encontramos con que Él, entre otras cosas, nos  dice:
 
-      Convertíos: Si queremos ser buenos seguidores de Cristo, hemos de estar en actitud permanente de conversión, rectificando por la contrición  y por la confesión todo lo que de Él nos aparte.
-      Amaos: El que de verdad ama a Cristo, ama de verdad a su prójimo, próximo o lejano, agradable o descortés, pariente o vecino, amigo o enfrentado. El discípulo de Jesús siempre siembra amor por donde pasa.
-      Que sean uno: Romper la unidad en la familia o en la Iglesia es un pecado y un escándalo. Ante la semana de oración por la unión de los cristianos, que estamos viviendo, saquemos hoy el propósito de rezar por la unidad de todos los que creemos en Cristo, y el de ser instrumento de unidad en todo momento, particularmente, en el ámbito de la familia. 
 
5. Ponemos nuestros compromisos en manos de la Virgen que, como ocurrió en las bodas de Caná, intercederá por nosotros. 


El agua bendita es uno de los sacramentales –no sacramento- que hay en la Iglesia, a la que Santa Teresa le tenía mucha devoción. Con el hisopo, que se está viendo, el sacerdote rocía y bendice al pueblo de Dios, a los difuntos, a los campos, a objetos…
 
En los libros litúrgicos de lecturas está escrita la Palabra de Dios, que se proclama desde el ambón. En esos libros, está contenido lo que hemos de creer y lo que hemos de practicar para alcanzar la salvación, que Cristo nos gano con su vida, muerte y resurrección.