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Santa Teresa, la andariega, visitaba sus conventos. El cuadro recoge las veces que estuvo en Toledo. Había fundado e inaugurado un convento en Malagón. Desde allí, se trasladó a Toledo, a donde llegó enferma. Era el año 1568. Y, tras una corta estancia en Escalona, regresó a Ávila.
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DOMINGO XVI DEL TIEMPO ORDINARIO, CICLO C
 
 ESCUCHAR AL MAESTRO
 
Lecturas: Génesis 18, 1-10ª; Colosenses 1, 24-28; Lucas 10, 38-42 
 
1. El calor propio de esta época es tema de conversación frecuente. Es un recurso fácil para entablar un diálogo con cualquiera.  El cristiano, que vive su fe y, de manera muy especial, en este Año de la fe, es una persona normal, a quien le interesan las cosas y los temas que interesan a los demás. No es una persona desnaturalizada que vive colgada “de la nube de la fe”. Por eso, habla del tiempo, del futbol, de los mundiales o del perrito que saca a pasear.
 
Pero el verdadero cristiano habla también con naturalidad, y sin cosas raras, del cielo, de la pureza, de la importancia de la confesión o de las verdades reveladas por Dios. El cristiano, que vive bien su fe, haba de lo humano y de lo divino con delicadeza, con naturalidad y sin dogmatismos, y, por ello, también habla, porque lo intenta vivir,  de lo que significa escoger la mejor parte, tal como hemos escuchado en el evangelio proclamado.
 
2. Porque hacía calor –así lo dice la primera lectura de este domingo- Abraham estaba sentado a la puerta de su tienda. Abraham, el gran amigo de Dios, tiene la experiencia de la teofanía que hemos escuchado. Dios se hace el encontradizo con Abraham a la puerta de su propia tienda, por medio de esos tres hombres que ve en pie, y se deja agasajar por él. Abraham es generosamente hospitalario, no limitándose a dar a los tres personajes agua para lavarse los pies y un pedazo de pan para que recuperen fuerzas. Lo que de hecho les da es un espléndido banquete. Y Dios  se lo premia con esta promesa que se hará realidad: cuando vuelva a verte, dentro del tiempo de costumbre, Sara habrá tenido un hijo. Ese hijo fue Isaac.
 
A Dios, que nos ha hablado a los que estamos participando en la Eucaristía dominical, le hemos respondido con el salmo: Señor, ¿quién puede hospedarse en tu tienda?, que es lo mismo que decir: ¿quién puede vivir contigo, quién puede vivir tu amistad, quién es verdadero hijo tuyo?.  La respuesta la encontramos en las estrofas del mismo salmo: proceder honradamente y con intenciones leales, practicar la justicia y no calumniar ni difamar, honrar al que teme al Señor y al inocente, y nunca  al impío.
 
3. No suele ser ése el modo habitual de proceder de muchos de los hombres y mujeres, junto a los cuales vivimos. Sin embargo, ése era el modo como debían  actuar los que creían en Yahvé. Con mayor razón  hemos de vivir esas enseñanzas  los que creemos en Cristo, porque, como dice San Pablo en la segunda lectura, Cristo es para vosotros la esperanza de la gloria. Y porque Cristo es nuestra esperanza y nuestra fortaleza –todo lo puedo en aquél que me conforta-  añade el Apóstol: amonestamos a todos, enseñamos a todos, con todos los recursos de la sabiduría, para que todos lleguen a la madurez en su vida cristiana.
 
Nuestra vida toda ha de ser un luchar permanente, comenzando y recomenzando las veces que hagan falta, por crecer en madurez cristiana, creciendo en santidad personal y en responsabilidad apostólica. San Josemaría escribió en Es Cristo que pasa: La conversión es cosa de un instante; la santificación es tarea para toda la vida. La semilla divina de la caridad, que Dios ha puesto en nuestras almas, aspira a crecer, a manifestarse en obras, a dar frutos que respondan en cada momento a lo que es agradable al Señor. Es indispensable por eso estar dispuestos a recomenzar, a reencontrar… ¡Adelante, pase lo que pase! Bien cogido del brazo del Señor, considera que Dios no pierde batallas. Si te alejas de El por cualquier motivo, reacciona con la humildad de comenzar y recomenzar; de hacer de hijo pródigo todas las jornadas...
4. En el evangelio que se ha leído, hemos visto cómo una mujer, a pesar de sus muchos deseos de servir a Jesús, se olvidó de la parte mas importante … escucharle a Él, pasar tiempo con Él, aprender de Él. Esta mujer, llamada Marta, tenia una hermana de nombre María, la cual por escoger sentarse a los pies de Jesús para escucharle, quiso su hermana (Marta) que Jesús la amonestara, siendo su intento frustrado por el mismo maestro. Jesús se limitó a decirle: andas inquieta y nerviosa con tantas cosas; sólo una es necesaria. María ha escogido la parte mejor, no se la quitarán.
 
Hemos de  no olvidar las enseñanzas que se desprenden de este cuento: Un sacerdote se aproximó a un herido en medio de una dura batalla de una lejana guerra, y le preguntó: ¿quieres que te lea la Biblia? - Primero dame agua, que tengo sed- le respondió el herido. Y el sacerdote le entregó el último trago de su cantimplora, aunque sabía que no había más agua en muchos kilómetros a la redonda. – Y ahora, ¿quieres que te lea la Biblia?- volvió a insistir el sacerdote. – Primero dame de comer- suplicó el herido. Y el sacerdote le dio el último mendrugo de pan que guardaba en su mochila. – Tengo frío- fue el siguiente lamento del herido, y el sacerdote se despojó de su abrigo, a pesar del frío que calaba hasta los huesos, y cubrió al lesionado. – Ahora sí, le dijo el herido al sacerdote, ahora puedes hablarme de ese Dios que te hizo darme tu última agua, tu último mendrugo y tu único abrigo. Ahora quiero conocer a tu Dios (Diego Millán García). Ese sacerdote no hubiera actuado de esa manera, si no hubiera   escuchado antes al Maestro, pasado ratos con Él, aprendido de Él y meditado sus enseñanzas  con la cabeza y el corazón. Quien escucha al Maestro con sencillez de corazón se desvive por el prójimo, sea quien sea.
 
5. Escuchemos al Maestro y,  como la Virgen, hagamos de nuestra vida un  Hágase en mí según tu palabra.


En el altar de nuestra acogedora capilla del Santísimo, el cual simboliza a Cristo sacerdote, se celebra la Eucaristía todos los sábados y días laborables. La Sagrada Eucaristía es centro de la vida de la parroquia y ha de serlo de la vida cristiana de los feligreses.
 
Se encuentra este crucifijo en el presbiterio de nuestro templo. Nos recuerda el sacrificio cruento de Cristo en la cruz, ofrecido a Dios Padre por todos los hombres. Cada vez que se celebra la Santa Misa, este sacrificio se renueva incruentamente y se hace presente sobre el altar.