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Es la sede de nuestro templo. Representa a Cristo guía, presidente, de la asamblea convocada para celebrar la Eucaristía. Junto con el ambón y el altar, son los tres espacios fundamentales del presbiterio. Ver la sede ha de movernos a dejarnos conducir por Cristo representado por el sacerdote.
 
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DOMINGO III DE PASCUA, CICLO B
 
RECONOCIERON A JESÚS EN EL PARTIR EL PAN
 
Lecturas: Hechos 3, 13-15. 17-19; I Juan 2, 1-5ª; Lucas 24, 35-48
 
1. La Pascua de Resurrección, llamada también Pascua Florida, en la que celebramos la Gloriosa Resurrección de Cristo, Señor Nuestro, es la festividad más solemne de la Iglesia. Durante el pasado Triduo pascual, la hemos celebrado con solemnidad, alegría y gozo, y lo seguiremos haciendo, a lo largo de todo el cincuentenario pascual.
 
El evangelio que acabamos de proclamar tiene una primera parte, en la que se narra que dos discípulos se marchaban desesperanzados a su pueblo Emaús para rehacer su vida, porque consideraban que el fracaso de Cristo muerto en la cruz era definitivo. Sus esperanzas mesiánicas se habían venido abajo del todo. Por el camino van conversando, abatidos y desencantados, y discuten, tratando de comprender lo que ha ocurrido con su Maestro. Es entonces cuando un desconocido interviene en su conversación. Cristo, sin darse cuenta ellos, había ido caminando a su lado, porque, verdaderamente resucitado, quería reconducir a esas dos ovejas que se iban del redil.
 
2. Como si fuera uno más, se hace compañero de camino de los dos discípulos desanimados. Con el fin de que regresen al grupo de los creyentes, se hace compañero dialogante, y les da una catequesis, que suele considerarse como modelo de catequesis Los dos discípulos comentan con el forastero lo sucedido en Jerusalén. Hablan de Jesús, a quien llaman profeta, crucificado y muerto. Y, mientras conversan, el caminante va iluminando su corazón, explicándoles las Sagradas Escrituras, desde Moisés hasta los profetas, indicando todos los lugares que se refieren a Él, en quien se han cumplido todas las profecías. Es importante resaltar que Jesús se hace compañero de camino en la vida, explicando las Escrituras, porque en ellas se encuentra la respuesta verdadera a las diversas preguntas que, con ocasión de los problemas que nos acucian, solemos hacernos.
 
La verdad es que Jesús siempre sale al encuentro del hombre en el estado que éste se encuentre: cuando le invaden la tristeza y la consternación, Él siempre va en busca del que en esa situación se encuentra; cuando dudamos y el desamparo nos hunde y nos produce angustia, el Resucitado siempre busca la manera de hacerse el encontradizo con el hundido y el angustiado, directamente Él o por medio de un intermediario.
 
3. De mil modos distintos, Jesús explica las Escrituras, ilumina las mentes y el corazón y hace que la paz interior resurja. Siempre paciente, camina a nuestro lado y, aunque sea lentamente, de la oscuridad o de la duda se llega poco a poco a la claridad, siempre que haya en nosotros, claro está, buena voluntad.
 
El que camina siempre al lado del bautizado, explicándole las Escrituras, es el que, según la segunda parte del evangelio de hoy, se pone en medio de los apóstoles –no era un fantasma- y les dice: paz a vosotros… ¿por qué os alarmáis?. Dicho esto, les muestra sus manos y sus pies, que habían sido clavados en la cruz, y delante de ellos come parte de un pez asado. Era verdaderamente el Maestro, que del todo había vencido a la muerte, resucitando al tercer día. Era el mismo que se había aparecido a los de Emaús y que lo reconocieron en el partir el pan.
 
4. Volviendo a la escena del camino de Emaús, nos narra el texto bíblico que Jesús, ya cerca del pueblo, quiso seguir adelante y dejar que los dos compañeros de camino se adentraran en su pueblo. Con ese infinito respeto que tiene por nuestra libertad, hace el ademán de seguir su camino, pero los dos le dijeron: quédate con nosotros, porque atardece y el día ya ha declinado. Y entró a quedarse con ellos. A propósito de esto, en una homilía, decía un sacerdote: para que se dé una sintonía entre Dios y nosotros ha de haber ese deseo ardiente, esa petición: quédate con nosotros. Los cristianos hemos de dejar que Dios nos acompañe, que la Iglesia nos instruya, y abrir las puertas de nuestro corazón a Jesús. Sólo de esta manera pasaremos a otra fase espiritual, a un nivel más elevado: nuestra participación en el ágape de la eucaristía.
 
El ágape de la Eucaristía. Fue precisamente en el momento en que los tres participan en la fracción del pan, cuando los ojos de los dos discípulos se abren y reconocen la presencia real de Jesús. Y es que el Resucitado acompaña de manera permanente a sus discípulos de todos los tiempos, para llevarlos al redil del cielo, haciéndose compañero en el camino de su vida de dos maneras: explicando las Escrituras (Mesa de la Palabra) y partiendo y repartiendo el pan (Mesa de la Eucaristía). El amor entrañable y constante a la Palabra de Dios y a Cristo realmente en la Eucaristía ha de ser, en cualquier momento de la vida, la llama que dé luz a todos nuestros problemas, llene siempre de esperanza nuestros corazones abatidos, nos haga permanecer fieles en la comunidad cristiana y, si por nuestra debilidad, falsas interpretaciones o problemas, nos hemos alejado de ella, en poco o en mucho, nos haga volver a su seno, porque Cristo Resucitado está en la comunidad unida y reunida en su nombre.
 
5. Con la ayuda maternal de María descubriremos que Cristo no nos abandona nunca, y que siempre, siempre, camina a nuestro lado, no como un desconocido, sino como el amigo que necesitamos para todo.


En la puerta del sagrario de la iglesia, además de los ángeles, junto a Cristo clavado en la cruz, están las figuras de la Virgen y de San Juan. La Eucaristía se reserva en este sagrario, cuando hay culto en el templo. En esos momentos, Cristo muerto y resucitado está presente en él.
 
La foto que está delante fue tomada en uno de los Festivales de Navidad, que la parroquia y su Grupo Scout Alveus viene celebrando desde hace varios años. Durante el mismo, hay distintas intervenciones que ayudan a fomentar el espíritu navideño y el calor de hogar.