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Al contemplar la firma de la Beata María de Jesús, conviene saber que Santa Teresa admiraba el talento de de su hija María de Jesús, a la que consultaba asuntos de importancia. La Beata, por obediencia, contestaba y la Santa quedaba admirada. En una de estas ocasiones, la llamó “mi letradillo”.
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DOMINGO IV DEL TIEMPO ORDINARIO, CICLO A
 
LLAMADOS A SER DICHOSOS
 
Lecturas: Sofonías 2, 3; 3, 12-13; I Corintios 1, 26-31; Mateo 5, 1-12ª
 
1. La cuesta de enero está terminando y, si siempre suele costar subirla, a muchas familias con la crisis económica que padecemos les está resultado no sólo difícil, sino poco menos que imposible. Es claro que son muchas, y de diversa naturaleza, las causas que la han provocado, pero también es evidente que,  si hubiera menos corrupción en muchas personas de los organismos oficiales, más espíritu de verdadero servicio por parte de los dirigentes y más austeridad en tantos gastos innecesarios, habría menos parados y costaría menos superar la susodicha cuesta. Ante tal situación, los que creemos de verdad en Cristo, único salvador del mundo, hemos de practicar la solidaridad y caridad cristianas, ayudando cuanto podamos a los que solos no van a poder  llegar, económicamente hablando, a finales de enero.
 
2. Se puede afirmar que, entre las causas de la crisis que tanto lamentamos, se encuentran actitudes y comportamientos personales y colectivos que son verdaderos pecados.  Sin juzgar a las personas, pues sólo Dios es el juez de todos, hay modos de proyectar, programar y actuar que, objetivamente hablando, son auténticos pecados, porque ofenden al creador y van en contra de la dignidad y de los derechos de las personas.
 
 El profeta Sofonías profundiza, en su libro,  en el concepto de pecado. Según sus enseñanzas, pecado es huída de Dios, desobediencia, desconfianza, falta de fe, rebeldía, fanfarronería, hipocresía, mentira y, como fondo de todo eso, soberbia. Ante la realidad del pecado, el profeta invita, en la primera lectura que hemos escuchado, a una auténtica conversión personal: a ser humildes, verdaderos cumplidores de los  mandatos divinos, buscadores de la justicia y de la moderación. ¡Cuánto bien se seguiría, si muchos de nuestros dirigentes políticos, sindicales o económicos fueran por este camino!
 
3. La vida cristiana es una lucha permanente por decir no al pecado, como nos indica Sofonías, pero es igualmente poner todas las energías con la ayuda de la gracia divina por vivir cada una de las enseñanzas de Cristo, Maestro de la verdad que salva.   Y es el evangelio de este domingo el que nos presenta las bienaventuranzas, el gran programa de Cristo,  que hemos de intentar vivir para ser buenos discípulos suyos. Forman parte del importantísimo sermón del monte, un lugar cubierto de hierba y flores, en una colina poco pronunciada, a unos doscientos metros sobre el nivel del mar. Desde allí se contempla, para gozo de la vista, el hermoso Mar de Galilea, en donde pescaban Pedro y Andrés, Santiago y Juan.
 
Se había reunido en ese lugar una muchedumbre de personas, que venían a escuchar a Jesús y, quizá, con la intención de que el Maestro hiciera algún milagro, remedio para su enfermedad. Como dice un autor, escucharon las más hermosas y sublimes palabras que oídos humanos escucharon jamás, las bienaventuranzas. Por el bautismo, todos estamos llamados a vivirlas delicadamente y, por eso mismo, todos estamos llamados a ser dichosos. Es de gran importancia meditarlas, buscando ratos largos de reflexión y de oración personal.
 
Al no ser posible comentar todas en una homilía, nos centramos, hoy en la primera de ellas:  dichosos los pobres en el espíritu, porque de ellos es el Reino de los cielos. Por supuesto que Cristo, en esta bienaventuranza, no está promoviendo o justificando la pobreza, en cuanto carencia de los bienes necesarios para vivir con dignidad, y no se vive con dignidad, cuando se vive en la miseria o en situaciones parecidas. Jesús de Nazaret rechaza la injusta distribución de los bienes de la tierra, que provoca la miseria y la carencia de lo más imprescindible para vivir dignamente. Sería falsear la verdad identificar pobreza evangélica con miseria humana.
 
4. La bienaventuranza de la pobreza nos pide vaciarnos de los bienes mundanos, no tener el corazón apegado a esos bienes, para podernos llenar de las riquezas de Dios. La primera bienaventuranza habla de los pobres en el espíritu, que con palabras de un escritor es como si quisiera decirnos… que no es tanto el tener o no tener, el tener mucho o el tener poco, sino que lo que verdaderamente importa es el no estar sujeto ni depender de nada. Lo que nos convierte en hijos de Dios es el tener un alma de pobre. De poco ha de servirnos el no tener bienes ni riquezas si nuestro corazón de alguna manera las necesita y las busca viviendo para ellas …El pobre es bienaventurado porque al no estar atado por nada, nada le va a impedir ir a la búsqueda de Dios.
 
Quien vive bien esta bienaventuranza y, por tanto, no tiene su corazón apegado a los bienes materiales sabe compartir sus propios bienes generosamente con los que no tienen lo suficiente. Todos hemos de hacernos, con valentía y actitud de conversión, esta pregunta: ¿estoy de verdad desprendido de los bienes que tengo y, en estos momentos concretos de la crisis, estoy ayudando todo lo que puedo? Ante los hermanos necesitados, no podemos pasar de largo, si queremos vivir la primera de las bienaventuranzas.
 
5. Nuestra Madre, la Virgen María, ha sido la persona que no ha tenido pecado alguno y que mejor ha vivido las bienaventuranzas. Pidámosle que nos ayude.


El retablo de nuestra capilla del Santísimo, procedente de Santamera, renacentista, además del hueco para el sagrario, tiene en su cuadro central el relieve de San Roque. Sobre éste hay otro con la Virgen y el Niño y, a ambos lados del primero, dos pinturas en talla de dos evangelistas. En los relieves inferiores, un obispo y un diácono.
 
Es la sede de nuestro templo. Representa a Cristo guía, presidente, de la asamblea convocada para celebrar la Eucaristía. Junto con el ambón y el altar, son los tres espacios fundamentales del presbiterio. Ver la sede ha de movernos a dejarnos conducir por Cristo representado por el sacerdote.