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En la oración de la Beata María de Jesús, el que la reza hace tres actos de suma importancia para vivir como buenos hijos de Dios: adora a Dios, al único que hay que adorar; da gracias por los dones recibidos; y pide ayuda por intercesión de la Beata.
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La Ascensión del Señor a los cielos, ciclo A
 
LOS BENDECÍA MIENTRAS SUBÍA AL CIELO
 
Lecturas: Hechos 1,1-11; Efesios 1, 17-23; Mateo 28, 16-20 
 
1. Con la alegría de la Pascua, hemos llegado al séptimo domingo, en el que celebramos la Solemnidad de laAscensión de Jesús a los cielos. El que descendió del cielo, encarnándose en las entrañas virginales de María, a los cuarenta días de haber resucitado, subió a los cielos, y allí está, a la diestra de Dios Padre, intercediendo por nosotros El Papa Francisco, comentando esta fiesta, dijo que así contemplamos el misterio de Jesús que sale de nuestro espacio terreno para entrar en la plenitud de la gloria de Dios, llevando consigo nuestra humanidad.  
Posiblemente nos hubiera gustado a todosque Jesús, después de su resurrección, se hubiera quedado visible para siempre en su Iglesia, pero los planes de Dios no siempre coinciden con los de los hombres, es más, muchas veces no coinciden.  La Ascensión del Señor a los cielos es la culminación, la apoteosis de la vida de quien es el camino, la verdad y la vida. Es el cumplimiento de estas palabras que el mismo Jesús pronunció y que son recogidas por el cuarto evangelio: me veréis subir a donde yo estaba al principio.
2. Congregados los apóstoles en el monte de la Ascensión y haciendo aquel ademán tan suyo de levantar las manos al cielo para bendecirles, comenzó a separarse de ellos. Lentamente, lentamente. Ellos cayeron de rodillas, … y tuvieron la clara intuición de que esta despedida era distinta de las anteriores. Ahora se iba; y para siempre. Se daban cuenta de que su admiración era aún mayor que su tristeza. Aquel lento alejarse emanaba poder y majestad.
Jesús, según ascendía, seguía mirándolos y bendiciéndolos, y una nube lo cubrió, por lo que dejaron de verlo. Esa nube era como el carro que lo subía al cielo: ha hecho de las nubes su carro y vuela sobre las plumas de los vientos, dice el salmo 104. Los apóstoles quizá no recordarían lo del salmo 24: levantaos, puertas eternas, que va a entrar el rey de la gloria. La Ascensión de Jesús a los cielos era una consecuencia de la Resurrección. El Resucitado, el Viviente para siempre en su nueva vida de resucitado, ya no podía estar destinado a una vida terrena mortal sometida a las coordenadas de espacio y tiempo. Y, aunque por fortalecer la fe de sus discípulos, había querido estar con ellos algunos días, era lógico que volviera a la casa del Padre: salí del Padre y vine al mundo —dijo una vez—, de nuevo dejo el mundo y regreso al Padre. Regresó al Padre, pero como dijo también el Papa: ¡Él permanece para siempre, el Dios-con-nosotros y no nos deja solos!”
3. Al contemplar, meditar y celebrar el misterio de la Ascensión de Jesús al cielo, no nos podemos quedar, ni en el simple recuerdo, ni en la sola admiración personal. De todos los misterios de la vida del Señor se pueden y deben sacar compromisos personales y comunitarios. Y el primero puede ser éste: fomentar la esperanza y la lucha ascética para ir al cielo, en donde, como dice el Apocalipsis, ya no habrá  muerte, ni luto, no llanto ni lágrimas, porque todo eso es propio del vivir en la tierra, pero no del vivir en el cielo junto a Dios. En el cielo ya todo será felicidad, alegría, gozo y Pascua eterna: ni ojo alguno vio, ni oreja oyó, ni pasaron a hombre por pensamiento las cosas que tiene Dios preparadas para aquellos que le aman, escribía el apóstol San Pablo.
No puede olvidarse, sin embargo, que para entrar en el cielo hay que morir en gracia y amistad con Dios, sin pecado mortal, y purificados. Así lo enseña el Catecismo de la Iglesia Católica: los que mueren en la gracia y la amistad de Dios y están perfectamente purificados, viven para siempre con Cristo. Son para siempre semejantes a Dios, porque lo ven "tal cual es". Pensar en el cielo y desear llegar a él nos motivará, consolará y animará siempre, especialmente, en los momentos duros que todo el mundo los tiene. Por ello, San Josemaría decía en Surco: si alguna vez te intranquiliza el pensamiento de nuestra hermana la muerte, porque ¡te ves tan poca cosa!, anímate y considera: ¿qué será ese Cielo que nos espera, cuando toda la hermosura y la grandeza, toda la felicidad y el Amor infinitos de Dios se viertan en el pobre vaso de barro que es la criatura humana, y la sacien eternamente, siempre con la novedad de una dicha nueva?
4. El pensamiento y el deseo del cielo, como fin último de esta vida y como el mayor y principal objetivo  que ha de alcanzarse, no puede, sin embargo, paralizar o disminuir  al cristiano en el empeño por construir un mundo mejor, una sociedad buena y justa para todos, no sólo para unos pocos. La fe en el Resucitado es motor que impulsa a construir un mundo nuevo y justo, “resucitado”.
Quien piensa con rectitud en el cielo y lo desea de verdad saca de ahí energías para vivir el compromiso bautismal de ser apóstol de Cristo en medio de la sociedad en la que vive. Porque cree en el cielo, el cristiano está permanentemente como oyendo a los ángeles del día de la Ascensión que, igual que a los apóstoles, le dicen: varones galileos, ¿qué hacéis ahí mirando al cielo? Es decir, no es hora de quedaros alelados contemplando ese cielo, es hora de empezar a continuar la obra del Resucitado, intentado construir una sociedad, en la que el amor y la justicia sean las dos características que lo mueven todo. Él seguirá estando con vosotros y con todos los demás hombres; a través de vosotros, de vuestro esfuerzo, de vuestra lucha por ser fieles y por construir un mundo según su Evangelio, el mundo será más de Dios.
5. La Virgen colaboró a que los apóstoles recibieran al Espíritu Santo y empezaran a evangelizar el mundo. Que nos ayude a nosotros también y que nos cuide.


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