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La custodia, en la que se coloca la Hostia consagrada, tiene su origen en el s. XIII, con ocasión de la institución del Corpus. La que puede verse es de nuestra parroquia, y fue adquirida el Año de la Eucaristía (octubre 2004 a 0ctubre de 2005) promovido por Juan Pablo II.
 
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DOMINGO IV CUARESMA, CICLO C
 
HE PECADO CONTRA EL CIELO Y CONTRA TI
 
Lecturas: Josué 5, 9ª. 10-12; II Corintios 5, 17-21; Lucas 15, 1-3.11-32
 
1. Seguimos caminando hacia la Pascua del Año de la fe, encontrándonos hoy en el cuarto domingo del tiempo santo de cuaresma. Ojalá hayamos oído, a lo largo de  estas semanas, la voz de Dios que, por medio de la Iglesia, nos está invitando a una conversión personal sincera, a cambiar nuestro modo de vivir actual por una forma de pensar y de actuar más en coherencia con todas las enseñanzas de Cristo, Maestro de la verdad y del bien. Sólo quien le sigue de veras  vive la vida con verdad y, por ello, vive feliz.
 
 ¿Nos hemos convertido ya en algunas cosas, aunque hayan sido pequeñas? ¿Le estamos negando a Dios, por miedo, vergüenza o comodidad, algo que nos está pidiendo y nos es necesario? No podemos dejar pasar la cuaresma sin frutos de conversión. Gustad y ved qué bueno es el Señor, nos ha dicho el salmo responsorial. Oigamos su voz, intentemos seguirla, y veremos qué bueno es el Señor.
 
2. Lo bueno que es el Señor queda perfectamente reflejado y enseñado en la gran parábola del hijo pródigo escuchada en el evangelio. Es, quizá, la más bonita de las parábolas, al menos, una de las más bonitas y consoladoras. La hemos oído muchas veces, pero siempre nos  descubre nuevos matices sobre el amor del Padre Dios y de la miseria humana. Por otra parte, puede y debe ayudarnos en nuestro proceso de conversión cuaresmal. No nos equivocamos si pensamos que es esto precisamente lo que pretende la iglesia, al ponerla como evangelio de este domingo.
 
En el evangelio del tercer domingo cuaresmal, con palabras fuertes y recias, quizá duras, Jesús nos decía: si no os convertís, todos pereceréis de la misma manera. Eran una enseñanza clara sobre la necesidad de la conversión, a la que el Maestro invitó desde el primer momento de su predicación. Pretender la salvación sin conversión, sin acercamiento a Dios, sin reconocimiento de los propios pecados y sin arrepentimiento de los mismos, no es posible. La conversión es imposible, si el hombre no quiere convertirse. El hombre o la mujer tienen que querer y, con libertad, colaborar con Dios que es, en definitiva, el que da la gracia de la conversión: todo esto viene de Dios, pero los hijos de Dios hemos de  querer y colaborar. En este sentido, nos decía  San Pablo en la segunda lectura: en el nombre de Cristo os pedimos que os reconciliéis con Dios.
 
3. La parábola proclamada indica tres pasos que hay que dar en el proceso de una conversión, los tres pasos que se dieron en la conversión del hijo pródigo. El primero, o punto de partida, es que este joven, que se había prodigado en el pecado llegando a un estado físico y moral miserable, toca fondo y reconoce el error de su vida, su pecado, por haberse marchado de la casa paterna. Las consecuencias de sus pecados le ayudan a  recapacitar y reconocer que ha pecado contra el cielo y contra su padre.
 
Reconocer los errores y pecados es, sin duda, altamente positivo y del todo necesario en un proceso de conversión o cambio de vida. Quedarase en eso solo, sin embargo, es no alcanzar la meta. En el hijo pródigo, por cierto,  no se da tal actitud. Da un paso más. Decide –y éste es un nuevo paso- volver a la casa de su padre, de donde no debería haberse marchado: me pondré en camino a donde está mi padre. Y se puso en camino, empezó a acortar distancias entre él y su padre.
 
Tal decisión es igualmente positiva, pero insuficiente. En una buena confesión, hay que dar un último paso. Se trata, estando verdaderamente arrepentidos, de pedir perdón con humildad, acercándonos a la Penitencia, sacramento de las misericordias de Dios, con total confianza en nuestro Padre Dios. Es lo que hizo el joven de la parábola: padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo.
 
4. Es verdaderamente impresionante la reacción del padre, verdadero protagonista de la parábola. Al ver al hijo que venía, corrió hacia él y, conmovido, se lo comía a besos. Y no sólo hizo eso, y no sólo lo perdonó del todo, sino que mandó que le pusieran el mejor traje, un anillo y sandalias, celebrando una gran fiesta, porque este hijo mío estaba muerto y ha revivido; estaba perdido y lo hemos encontrado.
 
Así es nuestro buen Padre Dios. Amó tanto al mundo que envió a su hijo primogénito para que nuestros pecados, cualquier pecado, pudieran ser perdonados. Para ello derramó su sangre, hasta la última gota, muriendo en la cruz. ¿Y nos va a faltar confianza para acercarnos a Dios en la confesión? Estas palabras del padre jesuita Orta Gotor nos pueden ayudar: La sangre de Jesús se verterá (el autor está habando, al lector, de la Última Cena)… Se “derramará”, y hasta la última gota que salio de su costado traspasado… Esta es la sangre que… intercede permanentemente por ti, por todos nosotros, desde cada eucaristía, desde cada cáliz, desde cada sagrario (podría añadirse: en cada confesión). Es la sangre que no pide venganza, sino misericordia. Que no acusa, sino que impetra. Y no hay crímenes por nefandos que sean, ni pecados tan abominables, que no puedan ser “lavados con la sangre del Cordero” (Ap 7, 14).
 
5. Que la Virgen, refugio de los pecadores, nos alcance la gracia de una auténtica y verdadera conversión, y que nos ayude a hacer una muy buena confesión.Sería señal clara de que el Año de la fe lo estamos intentando vivir en sintonía con el querer de la Igelsia.  


El ambón es el lugar-mueble, donde se proclama la Palabra de Dios, en la celebración de la Eucaristía. Representa a Cristo, maestro y profeta, que nos predica la verdad que salva. La Palabra de Dios proclamada hay que meditarla y procurar vivirla con esfuerzo.
 
Al contemplar la firma de la Beata María de Jesús, conviene saber que Santa Teresa admiraba el talento de de su hija María de Jesús, a la que consultaba asuntos de importancia. La Beata, por obediencia, contestaba y la Santa quedaba admirada. En una de estas ocasiones, la llamó “mi letradillo”.
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