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La custodia, en la que se coloca la Hostia consagrada, tiene su origen en el s. XIII, con ocasión de la institución del Corpus. La que puede verse es de nuestra parroquia, y fue adquirida el Año de la Eucaristía (octubre 2004 a 0ctubre de 2005) promovido por Juan Pablo II.
 
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DOMINGO XXV DEL TIEMPO ORDINARIO, CICLO C
 
NO AL DIOS DINERO
 
Lecturas: Amós 8, 4-7;  I Timoteo 2, 1-8; Lucas 16, 1-13 
 
1. El pasado día 14, celebrábamos la Fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz, en la que Cristo murió, derramando hasta la última gota de su sangre preciosa, para que las puertas del cielo se abriesen y pudiéramos alcanzar la salvación eterna. La fe nos enseña que esa muerte redentora de Cristo en la Cruz se hace presente, de manera sacramental, siempre que celebramos la Eucaristía. Participar, por tanto, en la Misa es participar de los frutos salvadores de la Cruz.  Es lo que vamos a hacer, aquí y ahora, al estar reunidos en torno al altar.
 
El Papa  Juan Pablo II nos invitaba a participar en la Eucaristía dominical con estas palabras: la Misa festiva es la base de todo, y debo pediros que no la omitáis, que seáis asiduos a ella, que, cada domingo y cada fiesta, os sintáis invitados por el Señor para encontrarlo juntos, en torno a la doble mesa de la Palabra y del Cuerpo de Cristo.  Y, en una Carta Apostólica sobre el domingo, decía: quisiera hoy invitar a todos con fuerza a descubrir de nuevo el domingo: ¡No tengáis miedo de dar vuestro tiempo a Cristo! Sí, abramos nuestro tiempo a Cristo para que él lo pueda iluminar y dirigir. (...) El tiempo ofrecido a Cristo nunca es un tiempo perdido, sino más bien ganado para la humanización profunda de nuestras relaciones y de nuestra vida.
 
2. Una de las razones, por las que es importante participar en la Misa de cada domingo, es porque nos encontramos con la Palabra de Dios, es decir, con Dios que nos habla con amor para enseñarnos cuál es el camino que nos conduce al cielo, en donde ya no habrá ni luto, ni llanto, ni muerte, ni dolor –como viene a decir el Apocalipsis-, sino que todo será felicidad con Dios y, además, para siempre. ¡Qué bueno es Dios que, en palabras de la segunda lectura, quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad!
 
La Palabra de Dios de este domingo, especialmente la primera lectura y el evangelio, nos enseñan con la máxima claridad que, de los bienes o riquezas de la tierra, hay que estar desprendidos y que, aunque en sí mismos son buenos, un solo hombre, aun el pobre más mísero, vale más que todos los bienes terrenos juntos. Y no digamos nada, si los comparamos con Dios: todas las riquezas del mundo son nada, y menos que nada, respecto a Dios.
 
3. Por eso, tal como hemos escuchado, el profeta Amós, puro como el aire del desierto, censura sin concesiones la explotación del pobre. Y, por eso también, Jesús nos ha dicho en el evangelio: no podéis servir a Dios y al dinero. Lo mismo que no se pueden dar a la vez el color negro y el blanco, ni el círculo y el cuadrado, así tampoco se puede servir a Dios y al dinero, porque, si se sirve a uno, se excluye al otro. Nuestra opción de cristianos no puede ser otra que ésta: no al dios dinero, sí total al Dios verdadero.
 
El que sirve al dinero convierte a éste en una especie de dios, por el que se desvela, se fatiga y hasta gasta su vida, sin encontrar, por otra parte, la felicidad. Este dios falso, que es el dinero, desplaza al Dios verdadero, sin el cual el hombre no puede ser feliz. Es muy frecuente encontrarse con personas que tienen mucho dinero y, al percibir que su vida va aproximándose al final, viven angustiados y agobiados, porque no saben qué va a ser de su dinero. ¡Pobres avaros, que tuvieron dinero, pero no a Dios, y que, a la hora de la verdad, comprueban que el dinero no les ha hecho felices!  ¿No habría valido más la pena tener sólo lo suficiente para vivir con dignidad, y haber sido ricos ante Dios en obras buenas? Desde la enseñanza del evangelio de hoy, la respuesta con toda seguridad es sí.
 
4. Y no es que Jesús piense que el dinero sea malo, o que no haya que estar al tanto de cómo funciona el mundo de la economía. Según las enseñanzas de Jesús, tener dinero no es malo, lo malo es darle el corazón, poner en ello todas nuestras energías, olvidándonos de Dios y de los demás. Para Jesús, el dinero, como todo lo demás, incluidas nuestras mismas personas, debe estar al servicio de Dios, de uno mismo, de la propia familia y del prójimo, especialmente de    los hermanos necesitados.
 
A nivel nacional y mundial, estamos soportando una grave crisis económica y, como consecuencia de ella, muchos ciudadanos –todos hermanos nuestros- lo están pasando muy mal, con dificultades y problemas de todo tipo. El cristiano que tiene bienes no puede pasar de largo y ser un insolidario. Si no sabemos dar hasta que nos duela, como decía la madre Teresa de Calcuta, no podremos llamarnos cristianos. Porque no podemos pretender compaginar nuestra fe con ser egoístas, materialistas, avariciosos, injustos, insolidarios. El cielo, Dios mismo, nuestro gran tesoro, no se nos podrá dar, si no somos capaces de cultivar esos pequeños tesoros de la vida diaria, esas pequeñas tareas que Dios nos encomienda cada mañana de hacer un mundo más justo y fraterno , escribía un  sacerdote n una homilía.
 
5. La Santísima Virgen, durante toda su vida, fue pobre y humilde, pero siempre tuvo y poseyó a Dios, el verdadero y auténtico tesoro. Pidámosle que para nosotros también Dios sea nuestro tesoro, y que, con los bienes materiales que poseamos, sepamos  ayudar a nuestros hermanos.


El Viernes Santo se besa esta cruz. Cubierta llega hasta el altar, y el sacerdote va descubriéndola y cantado: “Éste es el árbol de la cruz, donde estuvo clavada la salvación del mundo, venid a adorarlo”. Por la Santa Cruz fuimos salvados.
 
Se encuentra este crucifijo en el presbiterio de nuestro templo. Nos recuerda el sacrificio cruento de Cristo en la cruz, ofrecido a Dios Padre por todos los hombres. Cada vez que se celebra la Santa Misa, este sacrificio se renueva incruentamente y se hace presente sobre el altar.