Tema por defecto
Homilias de domingo

Portada
NOVEDADES PORTADA
La Parroquia
Noticias de aquí
Biblia
Formación
Cáritas
Catequesis
Decálogos
Horarios
Liturgia
Moniciones dominicales
Homilias de domingo
 Homilias Ciclo A
 Homilias Ciclo B
 Homilias Ciclo C
Oraciones
Sacramentos
Club Juvenil Luz Viva
Nuestra titular
Articulos de interés
Enlaces

El ambón es el lugar-mueble, donde se proclama la Palabra de Dios, en la celebración de la Eucaristía. Representa a Cristo, maestro y profeta, que nos predica la verdad que salva. La Palabra de Dios proclamada hay que meditarla y procurar vivirla con esfuerzo.
 
Para recibir por email las novedades que se publiquen en nuestra página rellene los siguientes datos:
Nombre y apellidos:
Ciudad y país:
Email:
Deseo recibir:
 Noticias:   
 Páginas:   
 Álbum:     
 

Escriba la palabra de la imagen que aparece arriba
Recargar imagen

 


DOMINGO XXVI DEL TIEMPO ORDINARIO, CICLO A
 
QUIEN SE CONVIERTA SE SALVARÁ
 
Por Alfonso Martínez Sanz
 
Lecturas: Ezequiel 18, 25-28; Filipenses 2, 1-11; Mateo 28-32
1. La primera lectura que hemos escuchado es del profeta Ezequiel. A la edad de veinticinco años –era el año 597 antes de Cristo- fue llevado cautivo a Babilonia. Cinco años después, Dios lo llamó al cargo de profeta, que ejerció entre los desterrados durante veintidós años. A pesar de las calamidades del destierro, los cautivos no dejaban de abrigar falsas esperanzas, creyendo que el cautiverio terminaría pronto y que Dios no permitiría la destrucción de su Templo y de la Ciudad Santa... Había, además, falsos profetas que engañaban al pueblo prometiéndole en un futuro cercano el retorno al país de sus padres. Tanto mayor fue el desengaño de los infelices, cuando llegó la noticia de la caída de Jerusalén. No pocos perdieron la fe y se entregaron a la desesperación. La misión que Dios encomendó a Ezequiel consistió, sobre todo, en ayudar a su pueblo para que no cayera en la idolatría o saliera de ella, en combatir la corrupción, consecuencia de las malas costumbres, y en evitar las ideas erróneas acerca del pronto regreso a Jerusalén.
2. En la época del profeta, existía la creencia en el pueblo de que el desastre del destierro y otras calamidades eran consecuencia de las culpas de los antepasados, pero no de los propios pecados personales. En el pasaje bíblico proclamado, Ezequiel enseña con toda claridad la falsedad de esta opinión: cuando el justo se aparta de su justicia, comete la maldad y muere, muere por la maldad que cometió. El ser humano, persona racional y libre, al realizar sus actos humanos con libertad, es responsable de esos actos para bien o para mal y, por ello, ha de responder de los mismos ante Dios, ante su conciencia y, cuando sea preciso, ante la sociedad. Los pecados o los actos buenos son siempre personales, aunque siempre tienen una repercusión negativa o positiva en la sociedad, según sean malos o buenos. Dios no castiga o premia a un hijo por los pecados o por las obras buenas que haya hecho su padre o su madre. Cada uno ha de rendir cuentas de sus propias obras ante el tribunal de Dios.
3. Como en la época de Ezequiel, también en la nuestra hay muchas idolatrías y no poca corrupción de costumbres, además de muchos falsos profetas. La soberbia del hombre moderno y el libertinaje conducen a éste, en muchos casos, a desplazar al Dios verdadero, prescindiendo de Él, y adorando al poder, al placer, al dinero, a la propia opinión…, en definitiva, a querer construir una sociedad sin Dios y sin principios éticos objetivos, estables y permanentes. Esto hace que la nuestra sea una sociedad empecatada, en muchos ambientes, y corrompida, a veces, hasta los más altos niveles. .
Pero está claro, sin embargo, que esa sociedad empecatada lo es porque hay mujeres y hombres concretos que están empecatados -también nosotros tenemos nuestros pecados- y que hacen que en la sociedad el pecado sea un realidad palpable. Junto a hombres y mujeres, que han perdido el sentido del pecado y son víctimas del mismo, también hay, por el contrario, muchos hombres y mujeres, de toda clase, estado o condición, que viven santamente, que agradan a Dios con sus vidas y que son intercesores ante Dios, como lo fue Abraham para que Sodoma y Gomorra no fueran castigadas, aunque, porque no se convirtieron, sí fueron castigadas.
4. El Señor no quiere castigar, y muchísimo menos por pecados ajenos. Lo que quiere es perdonar y salvar. San Juan nos lo dice bien claro: tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único para que no perezca ninguno de los que creen en él, sino que tengan vida eterna. El compromiso de Dios de salvar al hombre le llevó a enviar a la tierra a su Hijo primogénito, haciéndose uno de nosotros y dando su vida para que se abrieran las puertas del cielo. La segunda lectura nos dice de Cristo: se rebajó hasta someterse incluso a la muerte, y una muerte de cruz por salvarnos. Teniendo en cuenta esta maravillosa realidad, ¿puede dudar razonablemente alguien de que Dios está empeñado en que queramos salvarnos y en que nos salvemos de hecho?  
Dios quiere que nos salvemos. Dios ha puesto los medios para que esto sea posible, pero la condición imprescindible es que nos convirtamos de nuestros pecados. Todos somos pecadores, mas sin conversión no hay perdón. Lo hemos escuchado al profeta Ezequiel: cuando el malvado se convierte de la maldad que hizo, y practica el derecho y la justicia, él mismo salva su vida. Por el contrario, según el evangelio proclamado, Jesús sentenció a los sumos sacerdotes y a los ancianos del pueblo que los publicanos y las prostitutas les llevarían la delanteraen el camino del Reino de Dios, porque vosotros no os arrepentisteis ni le creísteis. La fe en Cristo, si es coherente, ha de conducirnos a una actitud de permanente conversión. Convertirse es volver al camino que se había abandonado por el pecado. Convertirse es volver a la casa de Padre y decirle: he pecado contra el cielo y contra ti, ya no merezco llamarme hijo tuyo, pero, porque confío en tu amor y misericordia infinitos, espero tu perdón y tu gracia. Convertirse es acercarse con frecuencia al sacramento de la alegría y de la paz que es la Confesión, sabiendo que quien se convierte se salva, aunque haya sido un gran pecador.
5. La Virgen es refugio de pecadores. Desde ese refugio seguro, que nuestro compromiso de hoy sea cultivar en nuestra vida el espíritu de conversión y acercarnos con frecuencia al sacramento de la Penitencia.   


NOTICIAS

SANTORAL PARA HOY
A esta imagen de la Virgen, la llamamos “Virgen Madre”. En el niño que lleva en los brazos, nos vemos representados todos los feligreses. Nuestras palabras se quedan cortas para expresar el amor que nos tiene. Nuestro amor hacia Ella ha de ser grande.