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En el altar de nuestra acogedora capilla del Santísimo, el cual simboliza a Cristo sacerdote, se celebra la Eucaristía todos los sábados y días laborables. La Sagrada Eucaristía es centro de la vida de la parroquia y ha de serlo de la vida cristiana de los feligreses.
 
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DOMINGO XXXIII, TIEMPO ORDINARIO, CICLO A

 SER FIELES EN LO POCO

 Por Alfonso Martínez Sanz

 Lecturas: Proverbios: 31, 10-13. 19-2º. 30-31; I Tesalonicenses 5, 1-6; Mateo 25, 14-30

 1. El tiempo ha ido pasando y, aunque no nos hayamos parado a pensarlo, estamos a punto de terminar otro año litúrgico. El domingo próximo será el último. Nuestro tiempo pasa rápidamente y, con él, también la propia vida, que poco a poco se va acortando, y que hace que nos quede menos para tener que presentarnos ante Dios para pasar el único examen verdaderamente importante y de la máxima transcendencia. Quienes los aprueben alcanzarán la felicidad completa y eterna que todos vamos buscando. Ya decía Aristóteles que precisamente la felicidad es el fin último de nuestras acciones en la vida. Aunque no todos buscamos la felicidad por el mismo camino, lo cierto es que todos la intentamos conseguir.

 Diógenes, filósofo del s. IV antes de Cristo, basaba la felicidad y la virtud en la satisfacción de las necesidades naturales, viviendo la libertad sin norma alguna la regulara.  Su excentricidad lo hizo famoso. Se guarecía y pernoctaba en un barril. Cuentan que Alejandro Magno se acercó una mañana a verle y le dijo en voz alta: puedo concederte lo que me pidas. Diógenes permaneció callado un momento y, luego, le respondió: pues, si puedes concederme algo, apártate de donde estás, pues me quitas el sol que estaba disfrutando.

 2.  Podría decirse que, al menos en cierto sentido, Diógenes vivía liberado de la esclavitud del tener, cada vez más; liberado de las necesidades creadas por la sociedad y de modos de vivir y de actuar totalmente ficticios. Pero era esclavo, sin embargo, de ciertos impulsos de la naturaleza que no controlaba, sino que más bien los potenciaba. El camino de Diógenes para ser feliz, además de ser erróneo, es esencialmente distinto del que Cristo nos ha marcado y la Iglesia nos enseña.

 La felicidad total y completa se alcanza sólo en el cielo, pero es cierto que Dios nos quiere felices también aquí en la tierra, aunque esta felicidad sea relativa e incompleta. El salmo responsorial recitado marca el camino para ser felices en la tierra: dichoso el que teme al Señor y sigue sus caminos. Dicho con otras palabras: feliz y dichoso el que tiene como senda de su vida la Ley del Señor; el que se esfuerza por ser fiel a Dios y cumple sus mandatos; el que hace del amor a Dios y al prójimo  el lema y el objetivo fundamental de su vida. Ése será feliz, porque estará viviendo las bienaventuranzas de Jesús, y con su felicidad hará felices a otros.

 3. La primera lectura, hablando de la mujer, pone ante nuestra consideración  una serie de valores que, vividos, nos  ayudan a superar las vanidades  y superficialidades de  la vida. Por encima de la gracia humana o simpatía; por encima de la belleza y de las alhajas o adornos; por encima del bien parecer         - fugaz hermosura- está el ser hacendosos, limosneros, previsores, cuidadores de los demás y, sobre todo, sensatos en todo. Desde una perspectiva cristiana, lo que de verdad importa de cara a la vida eterna no son las vanidades o valores del mundo, sino el esfuerzo permanente y valiente por ser fieles a Dios, siendo fieles a nuestros compromisos bautismales por pequeños que éstos sean.

 En esa dirección hemos de intentar vivir, sin ser negligentes, sin descuidarnos y estando en activa, permanente, serena y confiada tensión  o lucha ascética. Porque no podemos olvidar nunca que, como dice la segunda lectura proclamada, el Día del Señor llegará como un ladrón en la noche. De nuevo, en este domingo, Dios por medio de la Iglesia nos invita a la vigilancia, pues no sabemos cuándo nos llegará el momento de rendir cuentas de nuestra vida a Dios.  No nos podemos permitir el lujo de ser insensatos y, por llegar de improviso, nos sobrevenga la ruina, como indica igualmente el texto escuchado.    

4. Esa actitud de vigilancia en todo momento nos deberá impulsar a obrar con rectitud moral en todo momento, procurando hacer rendir a cada uno de los talentos, con los que el Señor nos ha adornado. Además, no hemos de conformarnos con cuidar y valorar únicamente lo que es deber grave, lo que en nuestra apreciación consideramos de gran importancia. El evangelio de este domingo nos los confirma. Presenta a un señor que se había ido al extranjero y que, a la hora de premiar a los empleados que habían hecho rendir a los talentos recibidos, les dice: muy bien. Eres un siervo fiel y cumplidor, como has sido fiel en lo poco…pasa al banquete de tu Señor.   

Todos tenemos el peligro de pensar que la fidelidad cristiana está en cumplir con esfuerzo lo grande, lo que es una obligación grave. Esperamos quizás el gran espectáculo, y nos perdemos el vivir y gozar los pequeños espectáculos del quehacer que nos presenta cada jornada, una tras otra. Sólo, sin embargo, si somos fieles en lo poco, en los pequeños detalles, en los deberes pequeños, seremos fieles también en lo grande, alcanzando de esa manera la verdadera fidelidad a Dios. San Josemaría enseñó: ¿Quieres de verdad ser santo? –Cumple el pequeño deber de cada momento: haz lo que debes y está en lo que haces. En la base de estas dos exigencias, se encuentra la idea de que para la santidad es prioritario el amor respecto a la materialidad de las obras. Por eso, el mismo santo también enseñaba: hacedlo todo por Amor. –Así no hay cosas pequeñas: todo es grande. Y, en otra ocasión, matizaba: las obras del Amor son siempre grandes, aunque se trate de cosas pequeñas en apariencia.

5. La vida de la Santísima Virgen, en gran medida, no fue otra cosa que cumplir con amor y fidelidad los deberes pequeños de cada jornada en Nazaret. Que  Ella nos ayude a ser fieles en lo poco para ser totalmente fieles al Señor.



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