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La Inmaculada es una imagen de talla, copia de la de escayola que había en el local que hizo de templo, antes de la construcción de nuestro Conjunto parroquial. Nos habla de pureza en la vida personal, en las costumbres, en los negocios …, en todo.
 
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DOMINGO VI DE PASCUA, CICLO C
Haremos morada en él
 
Lecturas: Hechos 15,1-2.22-29; Apocalipsis 21,10-14.22-23; Juan 14,23-29
 
1. El tiempo de Pascua va avanzando hacia las grandes solemnidades de la Ascensión del Señor y de Pentecostés. La alegría pascual debe estar siendo en nosotros una realidad gozosa, a pesar de que en esta vida, como decía la primera lectura del domingo pasado, hay que pasar mucho. Cristo resucitado es nuestra seguridad, nuestra esperanza y nuestra fortaleza. Con Él lo podemos todo, pues, como escribió San Pablo, todo lo puedo en aquél que me conforta.
 
 Cristo camina con nosotros, sin dejarnos un solo instante. Y Cristo, hecho caminante a nuestro lado, nos  explica las cosas de Dios, nos escucha, nos da fuerza y aliento, igual que hizo con los dos discípulos camino de Emaus.  Nuestro modo de obrar ha de ser escuchar, dejarnos conducir y estar atentos a la ayuda que en todo momento nos presta. Él siempre nos da gracias sobreabundantes para caminar hacia la casa del Padre. Y estas gracias ni se pueden despreciar, ni se pueden malgastar. Se tienen que corresponder, y éste es un deber nuestro.
 
2. El Evangelio del presente  domingo de Pascua está tomado de las palabras de Jesús durante la Última Cena. En un momento, les dijo: hijitos míos, ya poco tiempo voy a estar con vosotros... adonde yo voy,  vosotros no podéis venir. Ante tal anuncio, el corazón de los discípulos se turbó y quedaron  sumidos en la tristeza y llenos de  temor. Por eso, quizá, les asegura: me voy y vuelvo a vuestro lado; y también que su Padre les enviará el Paráclito, el Espíritu Santo. Cuando vuelva de nuevo, no vendrá Él sólo, sino el Padre con Él:  vendremos a él y en él haremos morada. Dios Padre y Dios Hijo habitarán en sus discípulos. Y, donde están el Padre y el Hijo, está igualmente el Espíritu Santo. Dios está metido -dirá San Josemaría- en el centro de tu alma, de la mía y en todos los hombres en gracia.  ¡Que sorprendente dignidad la del discípulo de Jesús, la de todo bautizado, al convertirse en templo y morada de la Santísima Trinidad! Es el mayor tesoro que el ser humano puede llevar dentro de sí.
 
La condición que Jesús pone, para que su Padre y Él habiten en los que le siguen , es amarle y, por amor, guardar su Palabra. Esa Palabra  hay que  guardarla con la mayor fidelidad posible. Hasta ahora, el empeño constante de los auténticos discípulos de Cristo ha consistido precisamente en guardar su Palabra con empeño y constancia. Éste ha de ser también el nuestro durante toda nuestra vida, ntentar hacer realidad esta maravillosa realidad: si alguno me ama, guardará mi Palabra, y mi Padre lo amará, y vendremos a él, y haremos morada en él.
 
3. Podemos preguntarnos: ¿cómo se consigue  esto? Con firmeza hay que responder que, para que Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo habiten en el alma del cristiano, el alma ha de de guardar la Palabra de Jesús, es decir,  los mandamientos de la Ley de Dios, tal como el propio Cristo los interpretó. Dicho de otra manera, no ha de estar en pecado mortal, ha de vivir en gracia santificante, ha de vivir en el Señor.
 
Un alma en pecado mortal nunca puede ser morada de la Santísima Trinidad. Y, como es lógico, el cumplimiento fiel y delicado de la voluntad de Dios, en nuestra vida de cada día, tiene que tener, como fundamento, un amor tierno, entrañable y comprometido hacia  Cristo, el enviado del Padre, que nos amó hasta el extremo, y que nos dejó bien claro que los dos mandamientos principales son amar a Dios, con todo el corazón y con todo el ser, y al prójimo como Él nos amó.    Solamente amando a Jesús podremos vivir de acuerdo a su Palabra: el que no me ama, no guarda mis palabras, nos dijo el propio Jesús.  
 
4. En este domingo VI de Pascua, la Iglesia en España celebra la Pascua del enfermo. La enfermedad nos desconcierta y, a veces, nos da la impresión de que Dios calla y está ausente.  Sin embargo, aunque nos parezca lo contrario, Dios está siempre ahí, junto al enfermo y a sus familiares. Dios nunca nos abandona. Podría decirse que cuanto mayor es el dolor o la enfermedad, en medio de su silencio y con su silencio, Dios está actuando a su modo, modo que ni vemos, ni comprendemos, pero la fe nos dice que Dios está actuando.
 
Nuestra actitud, ante la enfermedad y ante los enfermos, ha de ser: ante el dolor y enfermedad propios, aceptarlos como venidos de la mano de Dios, que quiere probar nuestra fe, nuestra capacidad de paciencia y nuestra confianza en Él; ofrecerlos con resignación, con amor, sin protestar, como medios para crecer en la santidad y en humildad, en la purificación de nuestra vida y como oportunidad maravillosa de colaborar con Cristo en le redención del mundo Y, ante el sufrimiento y el dolor ajenos, acercarnos con respeto y reverencia ante quien sufre, pues estamos delante de un misterio; tratar de consolar al enfermo y familiares con palabras suaves y tiernas; rezar juntos, pidiendo a Dios la gracia de la aceptación amorosa y la recuperación; consolar al que sufre y hacer cuanto esté en nuestras manos para aliviarlo y solucionarlo, y así demostrar nuestra caridad generosa.
 
5. A la Virgen María, Salud de los enfermos, le pedimos que ayude a todos los enfermos y, a todos nosotros, nos dé amor y ternura para cuidar, aliviar, intentar sanar y acompañar a cualquier enfermo, especialmente, a los familiares enfermos.   


El retablo de nuestra capilla del Santísimo, procedente de Santamera, renacentista, además del hueco para el sagrario, tiene en su cuadro central el relieve de San Roque. Sobre éste hay otro con la Virgen y el Niño y, a ambos lados del primero, dos pinturas en talla de dos evangelistas. En los relieves inferiores, un obispo y un diácono.
 
Es la sede de nuestro templo. Representa a Cristo guía, presidente, de la asamblea convocada para celebrar la Eucaristía. Junto con el ambón y el altar, son los tres espacios fundamentales del presbiterio. Ver la sede ha de movernos a dejarnos conducir por Cristo representado por el sacerdote.