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El catequista tiene un gran celo apostólico

y conciencia de la misión

 

                                                                          Autor: P. Jorge Loring

 

 

            En muchas de nuestras comunidades cristianas, el acoso y el proselitismo de las sectas ha causado división, enfrentamiento y alejamiento de la verdad para algunos de nuestros hermanos, ¿qué hacer? Se requieren apóstoles de Jesús que actúen en su nombre y con la autoridad dada a su Iglesia hace 2,000 años. Se requieren catequistas conscientes de su misión que denuncien las mentiras de las sectas, las ideologías del mundo y las injusticias, esta tarea es de todos: ¿te atreves?

 

a) Celo apostólico: misión del apóstol

 

            Lo más importante, lo primero, es forjar en cada catequista la personalidad y el corazón del apóstol celoso, consciente del sentido de su misión. El catequista ha sido llamado a ser apóstol, no simplemente a hacer apostolado. El amor a Cristo lleva al catequista a identificarse con él, y con su amor ardiente por la humanidad. Entonces se siente contagiado por la urgencia y el deseo apasionado de luchar infatigable y ardientemente por anunciar y extender el Reino por todos los medios posibles, lícitos y buenos, hasta conseguir que Jesucristo reine en el corazón de los hombres y de las sociedades.

 

            Un catequista con celo apostólico no se conforma con cumplir medianamente las tareas correspondientes a su cargo. Se convierte en cambio en el apóstol que sirve de guía a sus hermanos, los conoce, los convence, se entrega por ellos:

 

  • El catequista debe ser capaz de hablar, como Cristo, como san Pablo, en el campo o en la ciudad, en una barca, en un viaje, en una reunión familiar.
  • El catequista podría, a veces, pensar que en su misión es él el personaje central; nuestra misión es, sin embargo, poner a las gentes frente a frente con Cristo. Dejarles el uno al otro y desaparecer.
  • Lo único importante para el catequista es que Cristo sea anunciado, conocido y amado. En la catequesis no se van a cosechar triunfos personales, ni a ser la figura principal: Cristo es la única figura.

 

            El catequista – apóstol ha de ser:

 

  • Humilde, manifestada en la rectitud de intención, en el rechazo de los deseos de vanidad y de vanagloria, etc.
  • Como un padre de familia que cuida de los suyos, y da a cada uno lo que necesita (Mt 13, 51-52), no lo que a él le parece.
  • El catequista como predicador de Cristo tendrá que acostumbrarse en ocasiones a ser impopular, a ir contra corriente, si verdaderamente busca la salvación de las almas y la extensión del Reino de Cristo.

 

b) Jesús: vida de las obras del catequista

 

            Si el Señor no construye la casa, en vano se cansan los albañiles. ¿Quiénes son los que trabajan en la construcción? Todos los que predican la Palabra de Dios en la

Iglesia, los catequistas, etc. ¿De dónde sacaba Pablo esta fuerza? “Todo lo puedo en aquel que me conforta” (Fil 4,13).

 

            El apostolado del catequista difícilmente tendrá eficacia si no está apoyado, centrado sólidamente, en una vida de continuo trato con el Señor:

 

  • Podemos amonestar con el sonido de nuestra voz, pero si dentro no está el que enseña, vano es nuestro sonido.
  • Nosotros hablamos desde el exterior, pero es Cristo, quien edifica desde dentro.
  • Toda actividad de catequesis tiene su origen y su fuerza en la caridad.
  • La caridad es el alma de todo apostolado.
  • Ya no habría ningún pagano si nos comportáramos como verdaderos cristianos.

 

            El catequista, al aceptar la llamada del Padre, participa y prolonga la misión de Jesús, el primer evangelizador: “Jesús mismo, Evangelio de Dios, ha sido el primero y más grande evangelizador” (Evangelli Nuntiandi, 7). El catequista sigue e imita a Jesús justamente como Maestro, Catequista de sus discípulos, que les envía a su vez a transmitir el Evangelio por todo el mundo: “Id y haced discípulos a todas las gentes” (Mt 28,19).

 

            Este seguimiento e imitación de la persona de Jesús y de su ministerio constituye para el catequista el modelo determinante de toda su tarea.

 

c) Jesús: conciencia y centro de la misión.

 

            La conciencia de la misión apostólica del catequista va tomando cuerpo paulatinamente durante su vida. Gracias a ella el catequista vive en un esfuerzo constante de superación de sí mismo en su vida espiritual, en su formación intelectual y humana, en su preparación pastoral. Habrá momentos de cansancio, fracaso y desánimo.

Pero siempre resonará de nuevo en su interior el grito del apóstol: “Ay de mí, si no predicara el Evangelio” (1 Cor 9,16), porque siempre tendrá presente el mandato de Cristo: “vayan por todo el mundo y proclamen la Buena Nueva a toda la creación” (Mc 16,15).

 

            El catequista debe introducir a la comunidad en las diferentes dimensiones de la Buena Nueva:

 

  • Enseñando a escuchar la Palabra viva de Dios, “la Palabra del Reino” (Mt 13,19), para que todos lleguen a ser realmente “discípulos de Dios” (Jn 6,45) y les explica los misterios de ese Reino.
  • Les muestra el pecado de los hombres, sus raíces profundas y la necesidad que tienen de convertirse radicalmente a Dios. Les enseña también la Justicia nueva, cuyas exigencias aparecen resumidas en el Sermón de la Montaña (Mt 5,1-48).
  • En el momento oportuno, cuando la comunidad lo pide, al igual que Jesús, el catequista les enseña también a orar (Lc 11,1-4).
  • Finalmente, comparte con ellos su propia misión y los motiva para que evangelicen, iniciándoles en el compromiso misionero (Mc 3,14; Lc 10,1).


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El ambón es el lugar-mueble, donde se proclama la Palabra de Dios, en la celebración de la Eucaristía. Representa a Cristo, maestro y profeta, que nos predica la verdad que salva. La Palabra de Dios proclamada hay que meditarla y procurar vivirla con esfuerzo.